Faulkner. Mientras agonizo. Elementos de anclaje.

Quien dijo que la novela era un género lleno de aire, no se detuvo lo necesario en Mientras agonizo del escritor sureño William Faulkner.

El aire, en este caso, ha sido extraído con furia, dejando un montón de huesos cubiertos por una fina piel, aquí no hay un centímetro de oxígeno, no hay cavidades vacías, no hay descampados, ni lagunas bajo tierra. En esta novela el lector está invitado a soplar hasta desfallecer, a construir, a trabajar, a moldear.

Decía Faulkner que «el artista debe ser despiadado». En esta excelente novela, él, lo es. Nos adentramos en este libro como en El ruido y la furia: a ciegas. Los espacios van formándose lentamente, las miradas se suceden una detrás de la otra. Cada una de esas miradas construyen una pieza imperfecta que forma parte de un enorme puzle de motivaciones, egoísmo, desconfianza y obsesiones. El lector deberá estar atento, insuflar ese aire para que el saco de huesos comience a caminar. La historia de la «trágica» familia Bundrem no está contada, está sugerida, está a medias, está plasmada con pequeños, pero precisos brochazos agolpados en un lienzo perdido. La historia de los Bundrem, de Addie, Dewell, Darl, Cash, Vardaman, Jewel y Anse, al igual que la historia de los Compson, requiere de muchas miradas para ser construida, pero es la mirada del lector la clave de todo, porque es el lector el que debe encajar cada pieza, cada gesto, cada frase a medias, cada intención de una historia que no acaba. Esta es una novela que requiere de esfuerzo y creatividad. Poco tiene que ver con una píldora, aquí no nos sentamos a contemplar el río o un manzano bajo la luna. Entramos en ella para ser también parte de la misma.

La trama no tiene ningún misterio: una familia transporta en una carreta a la madre muerta para darle sepultura en la ciudad de Jefferson. En esta novela no pasa nada, pero pasa todo. Pasa la vida, el dolor, la muerte, el amor, el desprecio, la humillación, la hipocresía y la mentira. Alcanza ese lugar en el que la literatura debe estar y permanecer, en el que este género estalla como el gran género, libre. Faulkner reivindica y ejerce su libertad creadora, desde la irreverencia frente a la norma. Faulkner se enfrenta al texto buscando su propio camino. ¿No es eso escribir? ¿Buscar, probar y experimentar?

«…solía pensar en cómo las altas palabras muertas siempre acaban por perder hasta el sentido de su sonido sin vida»

El lenguaje está al servicio de esa búsqueda, sin ataduras. Es un instrumento de expresión que puede ser moldeado como el barro. El escritor es un artesano, no pertenece a la cadena de montaje. La composición se pone al servicio de cada mirada y cada inquietud. En Mientras agonizo, asistimos a un baile con un ritmo frenético. Un baile modernista de perspectivas, de miradas esquivas, elementos ocultos, falsos indicios y estribillos.

En esta obra, no hay capítulos, hay miradas. Y cada mirada se detiene en otra. Cada personaje construye a otro. Y esa linterna, ese foco que cada uno sujeta, alumbra un rincón de la gran sala de baile y, a veces, se detiene y se abre una ventana por donde otra luz nos va señalando el camino.

El tiempo narrativo es un contorsionista que se estira y encoje, va y viene, avanza y retrocede, se desliza por esas miradas como un animalillo inquieto. Y, poco a poco, entramos en una tercera dimensión narrativa, una dimensión que se desborda, infinita, imposible de ser contada.

En Mientras agonizo, los elementos de anclaje son piedras para poder cruzar los ríos que fluyen en la narración. Sin el sonido de una sierra, el aleteo de un abanico, las sombras de los buitres, o el olor de la muerte, desistiríamos de seguir acompañando la caja en la que la vieja Addie, parece oírlo todo.

¿Por qué recorrer ese camino? ¿Qué les mueve a llegar hasta Jefferson? Aquí está el corazón de la historia, aquí yace la magistral construcción de los personajes. ¿Llegan a su destino? ¿Existe ese destino?

La construcción de los diálogos, en ocasiones directos, en otras indirectos y a veces, tan solo sugeridos, construyen el escenario, no necesitan nada, son devastadores como el de Vardaman y Darl bajo la luna mientras fijan la vista en el manzano; o como el que matiene Dewell y Macgowan antes de bajar al sótano. Entre una pregunta y su respuesta, puede cruzarse el espacio y el silencio.

En el viaje de la familia Bundrem, la Naturaleza los acompaña; es la única que grita, pero es el dios de unos cuantos el que en apariencia mira y espera, paciente, a que todo sea cumplido.

FILE–William Faulkner Aug. 12, 1954, in Oxford, Miss.

Los espacios son las paradas, son las sombras de los propios personajes: el cobertizo, el río, el puente, la farmacia, las casas ajenas, los envuelven y obligan a mostrarse a través de las miradas agazapadas. Encontramos unos ojos en el bosque, tras el fuego, tras el cristal, junto al río o al otro lado de la calle. Mientras agonizo, está construida con miradas furtivas y falsas motivaciones.

La mujer representada en la novela, a través de los personajes de Cora, Addie, Rachell y Dewey Dell, está llena de dolor, sufridora, se columpia siempre entre la vida y la muerte. No puede expresarse, pero se la oye y se la teme. Peca o juzga a través de la mirada de su dios. Su sexualidad nunca es placentera. Es ultrajada e incomprendida.

«Siento como si fuera una semilla húmeda y salvaje en la tierra salvaje y ciega».

La maternidad es vista sin rodeos, con una crudeza que sobrecoge. Y el miedo se mastica.

Dice la devota Cora:

«El mero hecho de que hayas sido una esposa fiel no significa que no haya pecado alguno en tu corazón, y el mero hecho de que tu vida sea dura no quiere decir que la gracia del Señor ya te haya absuelto».

Replica la difunta Addie:

«…el pecado y el amor y el miedo no son sino sonidos que las gentes que jamás han pecado ni amado ni tenido miedo utilizan para designar lo que jamás tuvieron ni podrán tener jamás hasta que olviden las palabras…».

Intenta decir Rachel:

«Lo que quiero es que tú y él y todos los hombres de este mundo que no hacen más que martirizarnos en vida y despreciarnos cuando estamos muertas llevándonos arrastras por todo el condado…»

Mientras agonizo no solo es un abanico de miradas que se despliegan en un mismo lugar, en una familia o comunidad, sino que es una caja llena de voces. Y esa caja llena de voces va, poco a poco, abriéndose y es entonces cuando las voces despiertan.  «…desperté a la enormidad de mi pecado».

Los personajes se mueven, miran, piensan y dicen al mismo tiempo, como en la vida real, y colocan al lector en medio de un torbellino inquietante. Quizá, si tuviera que encontrar la palabra que mejor defina esta novela, sería esta: inquietud. Me encuentro con dos grupos de miradas, las externas, la de Samson, Tull, el reverendo, Cora, Rachel o Peabody, aquellas que, a través de su narrador testigo, desmarañan a la familia Bundrem desde la distancia. El segundo grupo lo integran las miradas internas, las de Jewel, Cash, Darl, Vardaman, Dewey…aquellas que giran sobre sí mismas dentro de una gran botella transparente, angustiosa a veces.. Este juego narrativo es magistral, digno de uno de los mejores escritores que hasta ahora han existido. Y es que, su mera existencia, me demuestra, una vez más, que, para escribir, sobran los títulos, posiciones o medallas, para escribir hay que mirar y jugar con el lenguaje hasta el borde del abismo.

William Faulkner se hizo a sí mismo, se debió beber una biblioteca entera. La Epopeya, el Antiguo Testamento, la obra de Joyce, de Conrad, James…«La comparación con Conrad —escribe Harold Bloom en su  Novelas y novelistas (Páginas de Espuma)— es peligrosa para cualquier novelista y es indudable que Faulkner no logró un Nostromo».

Cada cual que estime qué es lo que logró, o no, el Premio Nobel. De lo que no cabe duda es de que cuando un lector entra en Yoknapatawpha, no puede olvidarlo y cuando lo hace un escritor, como es mi caso, ya nunca más logra salir de ahí. Algo parecido me sucede con Bernhard, Joyce, Woolf, Onetti y tantos otros, con aquellos para los que crear es algo despiadado.

La caja de madera

Disfrute el lector de este gran viaje a lomos de Addie a través de los murmullos, recelos, condenas, secretos, y montañas empinadas desde donde se asoma la locura. Si se ha quedado con sed o con hambre, ¡no lo dude!, si se atreve a entrar en El ruido y la furia, quedará saciado para siempre. Y si su oficio, o pasión, es la escritura, deténgase en esta estación y no deje que nada se le escape, porque ya lo dijo la gran Yourcenar: escribir es prestar atención.


William Faulkner 1897-1965 Misisipi – Oxford

Mientras agonizo de editorial Anagrama 2000.

Traductor Jesús Zulaica.


Eva Losada Casanova es escritora, directora y fundadora del espacio de creación literaria La plaza de Poe. Imparte talleres de escritura en Bibliotecas, centros privados y coordina varios Clubs de Lectura en Madrid.

Novelas: El sol de las contradicciones (XVIII Premio Unicaja de novela, Alianza editorial 2017), En el lado sombrío del jardín (4º puesto Premio Planeta de novela 2010, editorial Funambulista, 2014), Moriré antes que las flores (editorial Funambulista 2021).

3 comentarios en “Faulkner. Mientras agonizo. Elementos de anclaje.

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