El barón rampante de Italo Calvino o la Ilustración.

Hay novelas que se pueden leer solo desde la tierra firme y otras, como esta, en las que cada lector decide desde dónde lee. Italo Calvino nos invita a trepar, subir y mirar al horizonte de la vida. Algunos lectores son capaces de escalar por encima de las copas de los árboles, otros permanecen en ramas bajas. No importa. Hay novelas que podemos entender y disfrutar a los quince años, a los treinta y entrando en el ocaso de la vida. Para cada edad, para cada momento, hay una rama lista para adentrarse en el corazón de El barón rampante. No se olviden de usar el catalejo, como hace La Generala, madre de Cosimo Piovasco di Rondó; entrarán, como ella hizo, en una estrecha y especial relación con el protagonista de esta historia que, por mucho que los críticos literarios quieran clasificar, no es en absoluto fácil de hacerlo. Y, es que, por más que nos moleste, el arte, la creación, no siempre es clasificable. El barón rampante es un guiño a todo y a nada en particular. Es un libro de viajes sin viajes, una novela picaresca sin pícaro, una novela romántica sin mujeres aladas, es una novela surrealista que canta a la razón, es una novela histórica pero casi todo en ella es inventado. ¿Qué es entonces? ¿Una alegoría? Quizá. El barón rampante es una novela especial, diferente, universal, una novela sin más, pero enorme. Este género lo es, porque, como siempre digo, cabe todo, es un género libre. Como decía Kundera, la novela no rinde cuentas a nadie, excepto a don Miguel de Cervantes.

No dejen que yo los sorprenda, sino que sea Ombrosa y sus peculiares habitantes quienes les arrastren a este universo infinito que Italo Calvino inventa. Saquen sus propias conclusiones desde la rama que ustedes mismos elijan y luego, si lo desean, sigan leyendo estas líneas.

El corazón de esta historia es la desobediencia y la libertad, pero no desde la violencia sino desde la calma, desde la seguridad del que no impone. Y aquí radica el encanto. No habla del bien o del mal, ni de quién ostenta o no la razón, sino que habla de la capacidad que cada uno tiene de elegir su propio destino. Y, sobre todo, de las consecuencias que tiene esa elección. El pequeño Cosimo toma una decisión y se crece con ella. Cosimo decide desde dónde quiere ver el mundo y cómo ser útil. Decide vivir de otra manera y, desde luego logra su propósito. El lector espera a que Cosimo muestre algún tipo de debilidad, pero apenas asoma un momento de flaqueza en su empeño. Es ese preciso momento, y una magistral construcción del universo junto a las peripecias del protagonista y la voz narrativa del relato, lo que dota a esta extraña historia de una verosimilitud desbordante. Es decir, el lector juega, se compromete, siente y padece. El lector se lo cree todo y más. Nos entregamos sin condiciones al Barón de Rondó primero y al ciudadano Rondó después. ¿No es eso fabular?

«Vivimos en un mundo de no excéntricos, personas a las que se les niega la más simple individualidad…», dijo Calvino en una ocasión. Ser como todos los demás, nos protege, nos acoge. Este es un libro que nos muestra exactamente lo contrario, nos muestra que podemos no serlo, y que, esa diferencia puede cambiar la historia.

Quiero imaginar que la infancia de Italo Calvino fue feliz. Nació en Cuba, hijo de un agrónomo anarquista, inmigrante italiano en México y admirador de Kropotkin. La madre era argentina de origen judío, botánica de profesión. Tuvo una infancia rica en matices, se educó entre dos culturas, viajó y exploró hasta las últimas horas de su vida. Cuando tuvo que luchar en el bando que no quería, no dudó en cambiarse al otro y resistir. Con los años, entre París, Roma y Córcega, debió comprender que cada individuo debe seguir su camino sin olvidar el de los demás, como hace Cosimo.

El Barón rampante está escrita utilizando un falso narrador, se trata de una argucia, un atajo para llegar al mismo destino, pero un poco más cómodo. Los narradores testigo son muy socorridos, nos evitan tropezarnos en exceso con nosotros mismos. Esa distancia que el autor logra con el personaje es perfecta, no cansa. Crear a un personaje que ejerce de testigo, el hermano menor de Cosimo, Biaggio di Rondó, que no es capaz de ver lo que cuenta y debe echar mano de todo tipo de recursos, es un logro; es quizá, en mi opinión, el aspecto narrativo más original y bien traído de la novela.

El tiempo de lo narrado es una vida entera, la aceleración del tiempo narrativo es constante, aunque hay momentos maravillosos en los que nos detenemos cerca de él en alguna rama y podemos oír sus pensamientos junto a los olores que nos trae el bosque, y el sonido de los cerezos, fresnos y robles.

«…una sensación hecha de nada, como de un transcurrir, de algo que había que esperar pero no allí, sino en un lugar distinto…»

Y entre los otoños y las primaveras, Cosimo devora las aventuras de Telémaco, descubre a la Clarisa de Richardson, al escéptico de Diderot, viaja por la antigua Roma con Plutarco e hincha sus pulmones con las renuncias de Rousseau y la tolerancia de Voltaire, y el nuevo mundo que ambos traían para nuestro buen salvaje de Ombrosa. Los árboles se agitan con sus lecturas, llega la razón y hasta Gian dei Brughi, el más miserable de los bandidos, se somete a ella. ¡La lectura nos hace mejores! ¡Leer nos vuelve tolerantes, nos transforma, nos libera!

«Al bandido no le importaban nada los interrogatorios ni el juicio; de todas formas lo iban a ahorcar; su preocupación eran aquellos días vacíos en la prisión, sin poder leer, y aquella novela dejada a medias…».

Todo parece encontrarse en las alturas, la razón, la sin razón, el ideal romántico, la belleza por la belleza, la naturaleza y su poder, las injusticias sociales, la estupidez humana, la pobreza, la riqueza sin límites, el amor carnal, el otro amor…Todo ello envuelto en la libertad creativa propia de los habitantes del Oulipo,  como el gran Perec, Queneau y mi querido Boris Vian, que, al igual que Calvino, Buzzati o Pavese, hizo siempre lo que le dio la realísima gana, alejándose de modas, mirillas e imposiciones del mercado. Al final, pocas cosas grandes nacen bajo el yugo del estribillo que marca el murmullo de la industria.

Quizá uno de los mejores diálogos de esta novela sea el que la bella Viola, niña, marquesa, viuda, princesa, amazona y la razón de vivir de Cosimo, mantiene a su regreso con nuestro protagonista.

Italo Calvino

Desesperación, entrega, locura, posesión, celos, traición, dolor…quizá, la receta de amor perfecta. Hay muchos tipos de amor conviviendo en El barón rampante. Encontramos el amor a la madre, el amor a la naturaleza, el amor al amor, el amor a los libros, el amor al saber, el amor al prójimo, el amor a la tierra, pero sobre todo, el amor a la vida. «Contar dan ganas de vivir». Es una novela luminosa, vitalista, extraña, original, con un sinfín de recovecos y lecturas, con un reguero de símbolos, metáforas y pequeños gestos que enternecen a medida que habitamos el universo de Cosimo.  

Junto a Viola, van apareciendo unos personajes que no podemos dejar de querer. Seres que despiertan nuestra curiosidad desde el primer momento. La pérfida hermana Battista, una cocinera inolvidable. El abad Fauchelafeur, que representa la racionalización perseguida. El barón Arminio Piovasco di Rondó, padre de Cosimo, que ostenta la autoridad y desencadena el conflicto; o Enea el gran caballero abogado, el hermano bastardo que no encaja y trabaja para los corsos, un personaje lleno de claroscuros y enternecedoras contradicciones. Y tantos otros que caminan bajo los árboles y a los que Cosimo Piovasco observa en silencio, sin ser visto. Esa invisibilidad que parece siempre acompañar a Italo Calvino a lo largo de su obra.

Como perlas salvajes, encontramos escenas únicas y maravillosas que permanecerán para siempre en nuestra memoria, como la muerte de la madre, el primer encuentro con la interesante Viola o cómo Cosimo construye una biblioteca sobre los árboles.

El barón rampante es también un hermoso viaje por nuestra historia europea a lo largo del siglo XVIII. Los movimientos reformistas, la racionalización a pesar de la nobleza y la iglesia, la expulsión de los jesuitas, los exiliados españoles de la corte de Carlos III, los inicios del asociacionismo en el campo, las sombras de la masonería, las luchas de girondinos, jacobinos, monárquicos…Y, finalmente, la llegada de Napoleón Bonaparte y la nueva Europa.  Saltamos de la costa genovesa al reino de Córcega, a los salones de la corte de París o a los campos andaluces. Un viaje inolvidable que nos enseña a ser diferentes. A mirar desde otros lugares y a vivir con lo que hemos decidido tener. Somos nosotros y nuestras decisiones.

Es posible que necesitemos una nueva Ilustación, mirar desde un lugar distinto, ¿no creen? No duden en compartir su lectura con los más jóvenes, a ellos les esperan otras ramas, otros sonidos, pero son igual de jugosas que las copas más altas.  

El barón rampante forma parte de la colección Biblioteca Calvino de Ediciones Siruela, una cuidada edición y una magnífica traducción de Esther Benitez. Y si se han quedado con ganas, pueden continuar con el resto de novelas que forman Nuestros antepasados: El vizconde demediado y el caballero inexistente.


Eva Losada Casanova es escritora, directora y fundadora del espacio de creación literaria La plaza de Poe. Imparte talleres de escritura en la Red de Bibliotecas de la CAM, varios centros públicos y privados y coordina diferentes Clubs de Lectura en Madrid. Cada último jueves del mes coordina las CATAS LITERARIAS en La plaza de Poe en Madrid capital.

Novelas: El sol de las contradicciones (XVIII Premio Unicaja de novela, Alianza editorial 2017), En el lado sombrío del jardín (4º puesto Premio Planeta de novela 2010, editorial Funambulista, 2014), Moriré antes que las flores (editorial Funambulista 2021).

Eva Losada Casanova

2 comentarios en “El barón rampante de Italo Calvino o la Ilustración.

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