Hablamos de Literatura con Fernando Parra Nogueras

Fernando Parra Nogueras

¿Qué novela de tu juventud pudo más que una noche de juerga?

Como nunca fui un juerguista empedernido, la batalla entre la lectura y la discoteca estaba decidida de antemano. Recuerdo sentirme absorbido por El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, o por 1984, de Orwell. En aquel tiempo valoraba más el escapismo que otra cosa, y por eso no supe o no quise ver las connotaciones filosóficas de ambos libros. Me ceñí al misterio y a la ciencia ficción sin querer ir más allá. Nunca más he vuelto a leer un libro con esa ingenuidad pero reconozco que a veces lo echo de menos.  

¿Creciste entre libros o tuviste que buscarte la vida?

Mis padres eran lectores moderados, de modo que nunca tuvimos una gran biblioteca en casa. Mi padre leía, sobre todo, novelas del Oeste, que a mí no me interesaban demasiado. Pero nunca escatimaron recursos para comprarme los libros de los que me encaprichaba. Recuerdo las visitas periódicas al kiosco del barrio para comprar el libro del mes. Era entrar al kiosco y sentir que entraba a la cámara faraónica de los tesoros. Debía elegir muy bien el libro que compraríamos porque no tendría otra oportunidad hasta el mes siguiente. Esto no era una norma en sí misma, pero yo lo entendí como un acuerdo tácito con la economía doméstica. Nunca abusé de esa prebenda. También me curtió de lecturas la escuela: devoraba las historias de las lecturas iniciales de cada lección, los libros de la biblioteca de aula y aquellos que prescribían los maestros para cada evaluación.

¿Sacabas buenas notas en Lengua o te quitaban puntos por faltas de ortografía?

Mis mejores notas siempre fueron las de Lengua. Y desde siempre fui un cruzado orgulloso contra la herejía del error ortográfico. Era difícil que un profesor hallase errores ortográficos en mis escritos. Esto suena a niño repelente, lo sé. Y quizás lo era un poco…

¿Recuerdas el título de la primera novela que terminaste y luego lanzaste al fuego sin decir nada a nadie?

Se titulaba Don Miguel y era una novela policiaca donde el criminal era un asesino en serie que mataba a sus víctimas siguiendo el patrón de las muertes que Miguel de Unamuno infligía a los personajes de sus novelas.

¿A qué escritor o escritora imitabas sin darte cuenta?

Como supuestamente no me daba cuenta, solo puedo remitirme a lo que los lectores y críticos han dicho de mis novelas y de sus posibles ascendencias: Gabriel Miró, Francisco Umbral, Pío Baroja, Azorín. De ser ciertos estos vínculos, nunca fui consciente de ellos.

¿Y dándote cuenta?

Antonio Muñoz Molina, Luis Landero, y Julio Llamazares, sobre todo en mi primera novela, Persianas. Yo sé que escribo gracias a Muñoz Molina. El descubrimiento de El jinete polaco fue un momento auroral en mi vocación. Desde entonces supe que yo quería, aunque fuese remotamente, escribir ese tipo de prosa envolvente y evocadora.

Decía William Faulkner que un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir la falta de las otras dos. ¿Cuál de las tres te falta?

Solamente llevo escritas tres novelas, la tercera acabada pero aún inédita. Así que supongo que, con ese escaso bagaje, lo que me falta es la experiencia. En cambio soy un observador muy fino. Respecto a la imaginación, creo que está sobrevalorada. El mundo real es un filón maravilloso de historias. Lo importante es la mirada que sobre las cosas del mundo aplica el escritor.

¿Crees que la vanidad de los escritores se puede tratar?

Creo que la vanidad es un defecto congénito a la propia creación artística. A la postre, el escritor, el pintor, el escultor son pequeños demiurgos de la belleza.  Sin embargo, yo creo sentirme bastante alejado del engreimiento. La Literatura te pone siempre en tu sitio y te aplica sus curas de humildad. Yo he tenido que cancelar presentaciones de mi primer libro porque nadie acudió al evento. Si eso no te curte en la humildad, no sé qué otra cosa puede hacerlo. La vanidad también se cura leyendo a los grandes maestros. Su magisterio calibra el verdadero valor de tu propia literatura. Y como en esa liza siempre pierdes, se te bajan ínfulas enseguida.

Si tuvieras que quedarte a vivir en una novela, ¿en cuál te quedarías? ¿Con qué música de fondo?

En ninguna, porque sería vivir una vida pergeñada con mimbres ajenos y yo prefiero controlar mi propia vida.  Y porque sería muy aburrido saber lo que te va a pasar. Y porque si se vive la ficción, esta ya no es ficción. Y porque la vida real es ya una aventura. ¿La música de fondo? Cualquier tema de la mal llamada canción ligera francesa o italiana.

¿Has llorado leyendo?

Soy más permeable a la emoción cinematográfica que a la literaria. Eso sí, cada año lloro leyéndole a mis alumnos «A un olmo seco» de Machado. Es un momento clave del curso porque por primera vez los alumnos se dan cuenta de que esto de la literatura va en serio. Juro que intento no emocionarme pero es imposible. El drama de ese poema es que Machado, cuando lo escribe, aún está esperanzado en la curación de Leonor. Pero nosotros sabemos que no va a sobrevivir. Esa ventaja nuestra es cruel. También me he emocionado alguna vez, no por la historia que he leído, sino por el magisterio de quien la ha escrito.

Cuando escribes, ¿te pones tapones para los oídos o todo enmudece a tu alrededor?

No creo en los trances creativos que te apartan del mundo hasta ese punto, aunque alguna vez sí he experimentado esa sensación durante alguna inmersión narrativa. Cela escribió su Oficio de tinieblas 5 encerrado en su escritorio, sobre el que dispuso un biombo negro que le permitía aislarse del entorno. Yo no llego a tanto pero sí, necesito mucho silencio a mi alrededor. Envidio la imagen prototípica del escritor afanado en su cuaderno en la mesa de una ruidosa cafetería. Eso sí es aprovechar el tiempo. Pero para mí, el silencio es un confidente certero.

Qué tipo de escritor crees que eres:

Por encargo

Por desprecio

Por amor

Por vanidad

Por accidente

Por educación

Por rabia

Por amor a la escritura, al idioma, al cortejo de las palabras. También por rabia. No se puede escribir nada bueno si no te sientes interpelado ahí dentro por algo que te sacude.

¿De qué disfrutas más, de los antónimos o de los sinónimos?

De lo sinónimos, sin duda. Tiene mucho que ver con mi obsesión de decir con la máxima precisión aquello que quiero expresar.

¿Si tuvieras que vivir el resto de tu vida con un narrador, qué tipo de narrador escogerías? ¿por qué?

Qué aburrido vivir siempre con el mismo narrador. No podría decantarme por uno solo. El omnisciente es un sabihondo que llega hasta el tuétano de los personajes; el testigo solamente te ofrece un envés de la realidad y permite al lector elucubrar; el protagonista, si no es narcisista, es un amigo confidente. No me gustan los narradores en segunda persona, que se arrogan la potestad de saber más del personaje que el interpelado mismo.

¿Con qué autor o autora española te gustaría escribir una novela a dos manos?

Con mi mujer. Ella no es autora todavía, pero la convenceremos. Si debe ser con un autor consolidado, con Muñoz Molina o Luis Landero, aunque me temo que no llevarían bien eso de trabajar en equipo. Yo también odiaba a los profesores que me obligaban a hacer trabajos en grupo.

Decía Ibsen que el escritor que deja de vivir deja de escribir. Y tú:  ¿vives para escribir escribes para vivir, no vives mientras escribes o te desvives escribiendo?

Vivir para escribir y escribir para vivir me parecen dos caras de la misma moneda y me identifico con ambas ideas, que sugieren la escritura como necesidad vital. Como le pasa a Landero, a mí también me preocupa estar perdiéndome cosas del mundo de ahí fuera mientras invierto mis horas delante de un teclado. Y, sí, me desvivo escribiendo, en los dos sentidos del verbo: desvivirse para hallar la palabra justa; y dejar de vivirse uno para vivir en otros. Aunque quizás esos otros sean uno mismo o su envés o su desconocido.

¿Crees en la amistad entre autor y editor o eso solo pasa en las películas?

Supongo que dependerá del cariz de cada editor y de cada escritor. Tengo poca experiencia aún para ofrecer una respuesta autorizada. Pero no puedo dejar de mencionar a Olga Martínez y Paco Robles, mis editores de Candaya. Si tus editores te meten en su coche y te acompañan en una ruta maratoniana de presentaciones programada por ellos mismos, me parece que eso dice mucho del vínculo de confianza, cariño y protección con que tratan a sus escritores. A Olga y Paco es imposible no quererlos.

Dime cuáles crees que son las dos grandes imposturas de un escritor novel.

Por lo general, el escritor novel desea visibilidad y en virtud de ese deseo saca a la palestra todo su arsenal retórico con la intención de deslumbrar a los editores o a los lectores y demostrarles el dominio de sus cualidades. Es un error, justamente porque el artificio mal dosificado es impostura y la buena literatura debe defender la autenticidad y la honestidad. La otra impostura (ya que me pides dos) es la de querer dejar claro que el rechazo editorial se debe a las tendencias del mercado, que siempre son espurias, y no a que su libro es imperfecto o mejorable. Hay algo de verdad en esta segunda impostura, pero hay quien lo usa como parapeto para no reconocer su baja calidad literaria.

¿Y las de un escritor con más de una docena de títulos publicados?

Una voluntad acomodaticia respecto de aquello que le funcionó en su día. La impostura consiste en creer que aquel hallazgo le es exclusivo y que puede apropiarse de él y que está legitimado para escribir siempre lo mismo. Otra impostura es la de tirar de galones cuando alguien pone en duda alguno de sus libros más recientes.

¿Qué es más importante para escribir, un gran dominio del lenguaje, o una trama trepidante?

El uso del lenguaje es fundamental pero, como he dicho antes, el estilo per se no tiene sentido si no sirve a una empresa de más amplias miras. Hacen falta unos mimbres estructurales y un objetivo comunicativo, lo que clásicamente se ha llamado el fondo. Lo que sí es cierto es que el lenguaje, por sí solo, puede dar lugar a un buen libro, pero la trama trepidante, ella sola, no.

¿Se puede escribir bien solo viendo películas?

Rotundamente no. La única receta para escribir bien es leer. Y leer a los que saben de esto, claro. Otra cosa es que podamos recurrir a los recursos del lenguaje cinematográfico para nutrir a la novela de sus hallazgos visuales o estructurales.

Define influencer

No quiero ofender a nadie…

Pero barramos para casa: un librero bien leído que orienta a sus clientes; un bibliotecario entusiasta; un concejal de cultura con cultura, capaz de programar actividades de calidad; un editor que prima esa calidad por encima de las demandas del mercado; un crítico literario independiente que no se deja mangonear por los intereses de los grande sellos; un profesor de literatura que no obedece los exiguos currículos de los planes de estudio y que educa en la exigencia, el rigor y el amor.

¿Tú también crees que la novela ha muerto?

¿Desde cuándo se lleva repitiendo ese mantra? Y aquí seguimos. Lo que sí ha podido suceder es que la novela haya cambiado. Los géneros literarios se han ido desdibujando para dar lugar a un hibridismo muy interesante y enriquecedor. Pero se escriben muchas novelas adoptando los cánones tradicionales que siguen siendo demandadas por los lectores.

Si fueras editor, ¿a quién no hubieras publicado jamás?

¡Tengo un repertorio que no cabría en estas páginas! Respeto mucho la profesión y a los escritores que la integran como para dar una nómina. Pero muchos de los escritores con los que no comulga mi forma de entender la literatura tienen también su público y quizás hayan contribuido a la afición a la lectura de mucha gente. Solo por eso no creo se les deba demonizar. Igual que es una falacia vincular best seller a mala literatura. Cada autor tiene su público y hace felices a quienes se sienten próximos a su propuesta literaria. Todos cumplen su papel. Otra cosa es que haya un tipo de literatura que a mí no me interese nada. Pero basta con no leerlos.

Si te dejáramos viajar al pasado ahora mismo, ¿con qué tres escritores o escritoras te harías el encontradizo? ¿Con cuáles el escurridizo?

Cervantes, García Lorca y Menéndez Pidal. Querría saber a qué se refería Jorge Guillén cuando recordaba que cuando estaba García Lorca presente no hacía ni frío ni calor: «hacía Federico». Debió de ser una figura de un magnetismo irresistible. De Cervantes ¿qué te voy a contar? A Pidal solo querría darle la mano y decirle «gracias, maestro». Respecto a quién querría evitar, ¿a Marinetti, por ejemplo? Tengo sentimientos encontrados con Alberti.

¿Qué momento es el mejor para que un escritor se retire?

Cuando no tenga nada nuevo que contar. Gil de Biedma entendió esto muy bien. Lo demás son coletazos y minutos de la basura.

Escribe un mensaje para lanzarlo dentro de una botella al FERNANDO PARRA del futuro. Un mensaje que quepa en una botella…

Si te has labrado una exitosa carrera literaria, recuerda aquel día en que tuviste que cancelar tu presentación en Murcia porque no fue nadie. Si no has llegado muy lejos, recuerda aquel día en que tuviste que cancelar tu presentación en Murcia porque no fue nadie.

Nació en Tarragona, en 1978) es licenciado en Filología Hispánica y ejerce como docente en Alicante. Desde hace más de una década mantiene una columna semanal de carácter literario en el Diari de Tarragona, llamada «El cura y el barbero», que también recoge en su blog Cesó todo y dejéme. Algunos de sus artículos han sido finalistas del prestigioso Premio de Periodismo Literario Francisco Valdés y pronto verá a la luz una antología titulada Acogerse a sagrado. La Literatura como salvación (Silva Editorial). También ha colaborado con numerosas revistas y medios de comunicación, siempre desde el ejercicio de la crítica literaria. Como novelista ha publicado las obras Persianas (2019, Editorial Funambulista), que fue finalista del Premio Azorín en 2017, y El antropoide (Editorial Candaya), publicada en 2021.

blog literario de Fernando



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