La señora Dalloway o la escritura simultánea de Virginia Woolf.

Banner reseña DALLOWAY Eva Losada Casanova

Terminar de leer esta joya de la literatura inglesa de principios de siglo XX, es parecido a salir precipitado y agotado de un sueño extrañamente placentero. Los textos de la autora no son un paseo liviano; mucho menos una lectura complementaria a cualquier otra sencilla actividad como acunar a un bebé o freír un huevo. Leer a la gran Virgina Woolf requiere siempre, atención, tiempo y concentración, mucha concentración, es como sumergirse en un inmenso mar de matices, sonidos, colores y voces submarinas distorsionadas por unos narradores que ella domina a la perfección. No importa si hablamos de narradores intradiegéticos o extradiegéticos, ella los manipula a su antojo. Virginia Woolf es integradora, catalizadora de miradas, conciencias, silencios y gestos. Sabe mejor que nadie escribir el silencio, dejar al lector flotando sobre olas de palabras que van y vienen. Quizá sea de esos escritores a los que el cine jamás podrá hacer justicia, ni siquiera intentarlo, porque su escritura es simultánea y el cine, eso, es incapaz de captarlo. Si ordenamos los sucesos, las voces y alteramos la frecuencia temporal de La señora Dalloway, deja de ser La Señora Dalloway y se convierte en algo banal, sin interés. Todo en esta obra, yace en la palabra, en el baile de sonidos, en las miradas que confluyen. Cada personaje mira a otro y lo construye, cada mirada es un rayo de luz en la neblina y, ahí estamos nosotros, lectores, dibujando con trazo grueso lo que ella presenta con una sutilidad, elegancia y belleza, únicas.

La novela tiene dos elementos de sujeción: uno espacial y el otro tempral. El primero de ellos es Londres: sus jardines, edificios, la vida doméstica, los comercios, sus crujidos, aromas y reflejos. Y, el otro, el eco de los relojes que, como un metrónomo, nos mantiene en nuestro lugar. Caminamos con la elegante y fragil Clarissa Dalloway por Picadilly, nos detenemos en la librería Hatchards, que hoy es la más antigua de Londres o en una joyería de Conduit Street, compramos flores en la floristería Mulberry, nos cruzamos con algún viejo conocido y rápidamente, como una cascada asoman los recuerdos de juventud que se mezclan con los quehaceres domésticos que las grandes fiestas reclaman. Es junio, un mes aparentemente luminoso, en el que los transeúntes parecen tener, un cometido, todos excepto Septimus, un excombatiente de la Primera Guerra Mundial que poco a poco va transformándose en la piedra angular de esta historia; es la respuesta temida, la angustia contenida, el otro lado del mismo espejo. Cada personaje representa una pieza de la sociedad de entreguerras, un espacio de transformación social, de esperanza, de decadencia, de miseria, de dudas, de incomprensión. Un espacio en el que algunos son invisibles, otros hacen un ruido excesivo o están deseando que la ciudad les reconozca, les acune como antaño y no los rechace. Los personajes han ido asomando, Clarissa los mira e interpreta y el narrador se abalanza sobre su conciencia; lo hace hambriento, deseoso de mostrarnos en qué piensan, qué temen, lo que padecen o lo que desean.

«Sin embargo, le irritaba llevar dentro de sí, revolviéndose, a ese monstruo tan brutal. ¡Oír el chasquido de las ramas y sentir cómo plantaba sus pezuñas en las profundidades de ese bosque cubierto de hojarasca que era su alma!».

la señora Dalloway club de lectura

El lector va preguntándose quiénes son, si viven la vida que creen vivir o quizá, desean otra. Y en esta búsqueda, suenan las horas que marcan el tiempo de la novela, de la mañana a la noche, recogiendo, mientras tanto los susurros de más de una docena de voces: la fría Clarissa, el gran Septimus, la celosa señorita Pole, el atractivo Peter, Reiza y su dolor, la valiosa señora Bruton, la transformada Sally, el paciente  Richard, la pobre Hellie, la vieja señora Perry, Elisabeth la esperanzada amante de los perros, Daisy y sus convecionalismos, el desagradablñe y egocéntrico Hugh, Lucy y el doctor «impostor» Bradshaw…y, como no el personaje principal: Londres envuelto en las horas. Esas horas, iban a ser el título de este novela, pero finalmente, irrumpió Clarissa en el título de la misma.

Todas las voces distintas, contrarias o unidas, pero magistralmente dotadas de un crisol de emociones y abismos ocultos. Y todo ello envuelto en ese movimiento transversal de pensamientos y gestos. Quizá, el lector, no sea del todo consciente de las técnicas narrativas que conforman esta novela, de la distorsión de tiempo interno, quizá no se asombre por los equilibrios, el ritmo, o el reposado baile de los párrafos y las frases, de los saltos y transacciones que distinguen a esta autora de entre los escritores de su tiempo; cómo la tensión emerge de una nube solitaria, de una ventana entreabierta, o de un parpadeo fuera de lugar. La realidad a veces se deforma, no siempre importa esa realidad, sino la impresión que nos causa: el sonido de las cosas inertes, los objetos que nos llaman.

«Débiles sonidos ascendían en espiral por el hueco de la escalera; el frotar de un paño contra el suelo; las sacudidas; los golpes; el ruido cuando se abría la puerta principal; una voz repitiendo un recado en el sótano…».

En ocasiones, entre una hilera de comas, de frases inacabadas, unos paréntesis nos traen al escenario prosaico de la vida común, unos paréntesis casi cinematográficos, informativos, escuetos. Porque el estilo de Virginia Woolf son muchas cosas, trasciende a la propia escritura como decía Barthes, es intrínseco a su ser, no se prepara, no se fuerza, o se emula, «es el producto de un impulso», de su impulso «sin objetivo».

Nos tropezamos con asiduas figuras narrativas como la metafora, el simil, la prosopoyeya, anáforas, etc

Algunos pasajes nos traen los ecos de otra de sus novelas, Al faro, en la que nada pasa y pasa todo, en la que no hay movimiento, pero nada parece detenerse; o a Las olas, porque el entramado de susurros está construido de la misma manera, con la misma aparente sencillez. En las tres, los personajes deambulan por sus conciencias como fantasmas en castillos ajenos, sin un rumbo, pero expectantes. En La señora Dalloway en lector se aferra a las calles, a los relojes. En Al faro, quizá, como sucede en Las olas, nuestra refrencia es el mar. El mar de Joseph Conrad, ese que reta a los hombres y los empequeñece.

Los diálogos son inclusivos, escasos, se pierden y encuentran entre los pensamientos y recuerdos, el uso del Indirecto libre, como sucede en toda su obra es la base de su discurso.

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Es sorprendente comprobar cómo, en su tierna juventud, en sus primeros relatos, La mancha en la pared, El foco o La mujer en el espejo, todos ellos publicados en los últimos años por la editorial Alianza, la autora desplegaba ya la mesa de experimentos, las pipetas y los líquidos con los que ir dando forma a aquello que tanto distingue su escritura. Supongo que su obsesión por Shakespeare, su aprendizaje con el filósofo Walter Pater, la obra kafquiana, proustiana y su admiración por Joyce, Morgan Froster o los maestros rusos, hicieron el resto. Al fin y al cabo, los escritores somos lo que leemos y lo que la curiosidad e imaginación nos permiten, ¿no creen?

Los temas que trata la autora son muchos, pero ninguno es obvio, todos, excepto uno, se presentan de soslayo, como ella siempre acostumbra a hacer. Como si lo prosaico, en su vida, fuera inexistente. La muerte está latente entre cada párrafo, y la vida también, la vida de las mujeres invisibles, su dolor y posición en una sociedad que parece avanzar más despacio sin ellas. Las consecuencias devastadoras de una guerra, la tímida clase media que irrumpe, la ceguera de algunos sectores de la alta aristocracia, las políticas coloniales, el desprecio a la intelectualidad femenina de los sectores conservadores, la sociedad angloindia, el amor, el matrimonio, la amistad, la enfermedad mental y la clase médica, el suicidio…

No dejen de adentrarse en los mundos de Virgina Woolf, permitan que la belleza de su música les envuelva en la noche más oscura, convirtiéndoles en todos y cada uno de los personajes que construye y, como es sabido, también en las propias deliciosas y amargas sombras que la autora les presta. Deténganse, una y otra vez, algunos pasajes fastuosos, frases rotundas y relajen los músculos entre las revelaciones que nos esperan al final de su lectura, que, como siempre, les digo, trae su recompensa. ¡Ah!, se me olvidaba, tengan un lapiz a mano para no perderse en las voces…

«¿Acaso no es cada uno de nosotros el centro de innumerables rayos que impactan en una sola figura?».

La novela La señora Dalloway se publicó por primera vez en 1925. Ha sido traducida al español, entre otros, por Julio Rodriguez Puértolas, Ernesto Palacio, Andrés Boch y publicada en España por las editoriales Akal, Alianza, Edhasa, Lumen, Debolsillo, etc.

Artículos relacionados: Al faro de Virginia Woolf o la distorsión La mancha en la pared de Virginia Woolf.

Eva Losada Casanova. Escritora. Profesora en los talleres de novela y  narrativa de La plaza de Poe. Imparte cursos en la red de bibliotecas de la Comunidad de Madid donde  coordina las CATAS LITERARIAS y varios Clubs de Lectura.

Es autora de las novelas: En el lado sombrío del jardín (Funambulista, 2014) 4ª finalista Premio Planeta y finalista Premio círculo de lectores 2010; El sol de las contradicciones (Alianza, 2017) XVIII Premio Unicaja de novela Fernando Quiñones y  Moriré antes que las flores (Funambulista, 2021)

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