Libros sin nombre. Las maestras

Libros sin nombre día internacional de la mujer 2020 Eva Losada

A veces lo cotidiano viene con revuelo, con ecos insistentes que una y otra vez nos agitan, que nos acechan como aves rapaces. Llega el Día de la mujer o el Día de la mujer escritora, llegan las voces, los interminables artículos, los mismos nombres, los mismos debates, los mismos gritos, colores, banderas, reivindicaciones, agravios, estadísticas, términos. Llegan las cifras, los de aquí y los de allá, yo fui la primera, no, fuimos nosotras. Voces discordantes, argumentos vacíos, reflexiones interesantes, tonos amenazantes, miedo y, en fin, cada uno (todos), reflexionamos desde el lugar que habitamos, ese que nos corresponde, ese en el que, hoy me siento atrapada. Me atrapan mis propias ideas, el lenguaje, la generación a la que pertenezco, mi pasado, mi educación…

La primavera asoma despistada a través de un cielo limpio y azul que Madrid me regala desde la ventana. Hago caso omiso a Ibsen y decido que, en mi único día libre, la profesora, madre, autónoma, escritora, no va a vivir, va a escribir sobre nosotras. Lo primero que me viene a la cabeza es que somos distintas, variadas, tenemos diferentes motivaciones, oficios, profesiones y circunstancias familiares. No todas queremos lo mismo. Me planteo mi condición de mujer, mujer blanca y europea. No soy una mujer maltratada de un barrio marginal de Ecuador. Tengo esa inmensa suerte. Puedo ser su voz, puedo escribir ficción sobre ello, es cierto, (nunca he creído en la apropiación cultural), pero no lo voy a hacer, no ahora, es el momento, ni quiero hacerlo. Decido hablar desde mi habitación, a salvo de la realidad por una pila de libros que hace de muro de contención.  Escribo desde la más absoluta libertad, eso me anima. Miro los cientos de libros que tengo frente a mí. Me pregunto cuáles de esos libros forman parte de lo que soy ahora.  Si otras escritoras me han aportado algo o si, por el contrario, he crecido leyendo a hombres ceñudos, misóginos, cascarrabias y todopoderosos. Intuitivamente me digo que sí, que soy hija de la ficción y no ficción masculina, que son James, Sábato, Flaubert, Maupassant, Joyce, Faulkner, Nabokov, Hamsun, Quiroga, Bierce, Zweig, Schnitzler, Dostoievsky, Musil, Mischima, Gilbrain, Borges, Handke, Kawabata, Pessoa, Pavese, Galdós, Marías, Hoffmann, Kafka, Jünger, Buzzati, Calvino, Houllebecq, Poe, Sade, Rousseau, Mann, Benhard, Onetti, Shopenhauer, o Hitchens las voces que me han enseñado a pensar, reflexionar , criticar y escribir. Ellos me han convertido en lo que soy. Los considero mis maestros, son casi como viejos amigos a los que respeto, admiro y doy una y mil veces las gracias. Algunas de estas voces son misóginas, otras no. Me ha dado igual. Pocas cosas me ofenden. Me valen todas y cada una. Lo que me preocupa al transcribir estos nombres es la ausencia de mujeres. ¿No he aprendido nada de ellas? ¿Dónde están mis maestras? Siento un desasosiego inmenso. Una tristeza difícil de describir. Entonces, hago memoria, me esfuerzo, y para ayudarme en el empeño, me levanto y recorro la librería de esta habitación en la que mi vida va pasando más rápido de lo que desearía y en la que los libros van amontonándose como viejos amigos a la puerta de una fiesta. Comienzo a buscar y, de repente, descubro un ensayo de Brande que utilicé en mis primeros años impartiendo talleres, una novela de De Salm que me descubrió como un texto puede ser de una intensidad narrativa abrumadora sin tener que formar parte de una trama policiaca. Acaricio las solapas duras y agrietadas de la violencia y la moral en La condesa de Clevé como se acaricia el lomo de un gato turco, son dulzura. Descubro, en uno de los últimos estantes, a Du Maurier y una de las novelas que, por primera vez, en mi adolescencia, me dejaron despierta una noche entera, ¡Rebeca! y a Billetdoux, Premio Renaudot de 1985 con Mis noches son más hermosas que sus días, que supuso junto a Miedo a volar de Jong, mi primer escarceo con el erotismo. ¡Qué joven era!

Amontono los libros en la mesa y sigo buscando con una excitación renovada. Recuerdo mi primera cita con la dureza de la escritora americana Porter navegando en La nave de los locos, recién cumplidos los veinticinco, saco el libro y busco entre sus páginas alguna nota en el margen. Cada dos volúmenes, uno de ellos, es de una mujer. Abro El corazón del Tártaro y releo la dedicatoria que Montero hizo a sus padres o El hueco de tu cuerpo de Izquierdo que me regaló mi padre en mi treinta cumpleaños con una nota en la que me decía que siguiera escribiendo. Estoy enloquecida descubriendo a todas las mujeres que, en silencio me han ido construyendo sin yo apenas haberme dado cuenta. ¿No estará ahí la clave de todo? No ser conscientes, no saber si leemos a hombres o a mujeres, sino que simplemente nos entregamos a grandes libros, historias que nos sobrecogen, formas de contar que nos alumbran, excitan y enseñan. He cogido un trapo de la cocina. Estoy quitando el polvo a Orlando y a Las olas de Woolf, lo he puesto al lado de Al Faro, una novela, casi un tratado sobre el tiempo narrativo, que ha supuesto para mí un antes y un después en la escritura. Junto a ambos, he colocado Deseo y La pianista de Jelinek; la única y brillante Jelinek. La escritora que me enseñó qué era realmente la voz narrativa y la literatura dura de verdad.

Caído tras un par de retratos de mis hijos, encuentro a Esquivel y Valdés junto a las grandes obras de Yourcenar y sus Cuentos orientales. Junto a Sartre y Camus está mi admiradísima, elegante y culta Beauvoir, los poemas de Plath, su Campana de cristal y la maravillosa biografía de Lispector, un descubrimiento de hace algunos años gracias a otra escritora.

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Me olvido de lo que tenía que escribir, me olvido de comer, incluso de que ahí fuera la tarde de primavera interpreta una sonata de piano. Buenas noches tristeza de Sagan, la leí un verano y me enamoré del primer chico que se cruzó en la playa. A Highsmith la analicé para ver si, algún día, lograba que la novela policiaca me gustase, no cumplió su propósito. A Pizarnik me la bebí entera y la dediqué una de mis primeras novelas. Con Murdoch me estremecí, a Müller la descubrí gracias al Premio Nobel de Literatura y me rendí a sus pies. Con Kristof y su trilogía, me enorgullecí de mi oficio e incluí su obra en inumerables clubs de lectura y clases. A Starobinets me la presentó una librera generosa en la Feria del Libro de Madrid. A Munro, escritora que en un inicio menosprecié, hoy admiro y venero, la venero  como me sucede con la pequeña  Austen, la incombustible Grandes, las geniales O´Connor, Warthon, Atwood y tantas otras…Tengo la librería repleta de autoras y yo sin saberlo. Nunca antes me había planteado una cosa así, nunca antes había dividido mi vida entre hombres y mujeres, hasta hoy eran solo libros, solo grandes libros. Decido regresar al inicio y quitar los nombres de pila de todos.

Leer y escribir está por encima del género. ¡Qué más da! Qué importa mientras encontremos en la Literatura esos pasadizos hacia un mundo paralelo en el que los senderos se bifurcan frente a un horizonte infinito. Es el texto lo que importa. Su calidad narrativa, su volumen, el sonido y la intensidad, es esa música, juegos, saltos y agujeros negros.

Cierro la puerta de la habitación y los dejo hablando de sus cosas, mientras tanto busco la correa del perro y salgo con mi ovillo de ideas a seguir viviendo, porque si no lo hacemos dejaremos de escribir.

Eva Losada Casanova (Madrid, 1967) es escritora, profesora y fundadora del espacio de creación literaria y musical, La plaza de Poe. Ha escrito las novelas El sol de las contradicciones (Alianza, 2017, XVIII Premio de novela Unicaja Fernando Quiñones) En el lado sombrío del jardín, Funambulista 2014, 4º finalista Premio Planeta de novela y Premio Círculo de Lectores, 2010) y próximamente verá la luz su última novela Moriré antes que las flores. 

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