La campana de la locura. Sylvia Plath

La campana de la locura. Sylvia Plath

Hay novelas que son una declaración de intenciones, un capítulo de nuestra propia vida, un testimonio que, en ocasiones, escapa de la pluma como un grito desgarrador. En esos casos, intentar separar la realidad que acompaña al autor o a la autora y lo fabulado, es imposible. Todo se funde en un dramatismo que se desborda por cada una de sus páginas, independientemente de que no se haya buscado ese efecto. Algo así sucede con la novela de Silvia Plath, La campana de cristal. El drama existe, pero en sus páginas, ese drama es aséptico. La poeta de Boston debió empeñarse en una prosa fina, sin aspavientos, sin ornamentación. Es esta cuestión lo primero que me llamó la atención. Siendo lectora de su poesía, encontrarme con una prosa así, me desconcertó. A veces los lectores entramos en la lectura con demasiados prejuicios, en vez de lanzarnos a ella desnudos. Esta es una de esas novelas que arrancan sin fuelle, en las que una se aburre, pero espera paciente, porque sabe que va a llegar ese instante en el que desaparece el suelo y, sin querer, nos encontramos en un universo que nos ha envuelto como una gasa inofensiva, pero mortal. La campana de cristal se te pega a la piel como esos granitos de arena de las playas ventosas, sin ningún tipo de compasión.

«Empuñé el cuchillo plateado y casqué la punta del huevo. Luego dejé el cuchillo y lo miré. Intenté pensar por qué antes me gustaban tanto los cuchillos, pero mi conciencia se liberó de la soga del pensamiento y se balanceó, como un pájaro, en medio del vacío».

El estado de ánimo del lector y de la autora fluyen de manera paralela, como si ella hubiera pretendido, desde el primer instante, que la acompañáramos en sus caídas y tropiezos, en sus dudas y miradas hacia el abismo. Y, así es, caminamos, sí, pero a distancia. Queremos ayudar, pero no podemos. Queremos detenernos, pero no nos deja. La velocidad del tiempo narrativo es alta y las transiciones son torpes, bruscas, son saltos de una tabla a otra, como si el detenerse supusiera caer en el agua.

Recuerden que estamos en el jardín de las vanguardias, en un mundo narrativo en el que nos miramos y cuestionamos, en el que lo de ahí fuera nos ha hecho mucho daño y no nos buscamos de nuevo. Existen talleres de escritura en las universidades y centros de creación fabulosos a las afueras de Nueva York como Wiawaka y Yadoo, en donde al artista se le veneraba y rodeaba de un ilustre silencio y de algunas otras normas que no contentaban a todas las escritoras de su generación, como bien sabemos a través de Anne Porter, una maravillosa rebelde de las letras, dura como una piedra.

Quizá, Plath empezó muchas veces esta novela, quizá unió varios textos y la fue hilando. Las voces son cambiantes, el ritmo también. Hay un gran corte que la atraviesa de lado a lado, un desdoblamiento brutal que es quizá, lo que permanece después de leerla. Eso y una tristeza que va expandiéndose como el gas, ese gas que acabó con la escritora, la madre, la esposa, la hija, la hermana y la poeta.

fotos la campana

Se ha escrito mucho sobre sus relaciones amorosas, sobre el papel que jugó su marido y padre de sus hijos, el escritor Ted Huges, en su vida, su obra y su muerte. Me pregunto si no es gracias a él que hoy podemos  leer y disfrutar parte de su obra. Se ha cuestionado el trato que recibió en vida del que fue el padre de sus hijos. Se ha denunciado maltrato físico y psicológico, pero ¿y antes de conocerlo? ¿No se bastaba ella sola para autolesionarse? A Sylvia Plath se la ha convertido en icono de muchas cosas, pero en su obra no se ve casi nada de eso. Solo hay que dejarse llevar por su poesía y su prosa para comprender que se trata solo de una mujer sensible, inteligentísima, con un gran talento que tiene la mala suerte de nacer cuando la mujer todavía no era un valor seguro por el que apostar y la psiquiatría todavía no era capaz de lograr que una enferma mental pudiera hacer una vida, casi normal. ¿Culpar a la madre de incomprensión? ¡Qué barbaridad! Hay que ser madre de un adolescente para comprender que es una tarea ardua y más si existe un desequilibrio emocional agudo.

Recordemos ese largo camino recorrido desde Platón hasta Freeman y Moniz. Después de la búsqueda de ese equilibrio del alma que gritaba Platón, llegaron los estoicos con su rectitud y esa manía de corregir todo lo que se desvíe. Irrumpen los epicúreos y rechazan el dolor como vehículo hacia el placer e integran el alma como parte del cuerpo. Cada vez, el enfermo mental, va a peor. Pese a ello, empiezan a existir los primeros conceptos, como la melancolía que no era otra cosa que la mezcla la tristeza y miedo. Es esa melancolía lo que recorre cada párrafo de esta novela. Ella, Sylvia, también intentaba poner nombre a las cosas que sentía, eso ayuda. Nos ayuda de niños cuando garabateamos en un diario aquello que nos pasa, no porque queramos que otros lo lean, sin para explicarnos el mundo y nuestro lugar en él.

Y es así como el conocimiento socrático intenta arrojar un poco de luz a la locura a través de la exposición de esos sentimientos. La locura está en el cerebro ¡Qué grande era Sócrates! Sirve para aclarar tantas cosas. ¿Verdad? Y, llega el cristianismo, llega con su culpa y su pecado, con su útero errante, los exorcismos, la mujer diabólica, los íncubos y, como no, la posterior inquisición, el «Mallerum Mallificarum» y lo que todos ya conocemos mejor o peor. Y, como agua de mayo, llega la razón y la luz, pero los enfermos no salen muy bien parados ya que razón y locura se convierten en términos excluyentes. Malos tiempos cuando deciden que la locura hay que extirparla. Y entre tanto desatino, llega Erasmo de Rotterdam y escribe «Elogio a la locura» y la cosa se complica todavía más con el clero. Le siguen El Bosco, Burton y la «Utopía» de Tomas Moro. La melancolía es ya un estado crónico, un claro antecedente a la locura. Hasta que, por fin, en el siglo XVIII, aparece el sistema nervioso y la locura encuentra un hospedaje para descansar y recuperarse. En los siglos que siguen a tan excelente descubrimiento, los enfermos mentales comienzan a ser alguien y no algo. Jueces, médicos, estudiosos, unen fuerzas para dotarlos de derechos, pero la moral es cruel y persigue al loco como si se tratase de una jauría. El loco no tiene moral, dicen. Los encierros de larga duración, y en ocasiones injustificados y discriminatorios, se suceden.

Llega el siglo XIX con nuevas ideas y avances: Razón y locura pueden convivir. El loco se convierte en ciudadano. ¡Imaginen! Cuánto ha tardado. Los médicos se hacen con el poder. Nuevos estudios, tratamientos revolucionarios, torturas y experimentos innombrables. Nace la psiquiatría, nace la hipnosis y con ella llega Breuer, Kreapeling, y Freeman con su «Pica hielos» o la lobotomía de la mano de Moniz Premio Nobel de medicina. El litio ayuda, sí, pero el cine no demasiado, ya que contribuía a tener una idea completamente desvirtuada de la locura. Pasan los años y en la década de los años sesenta, época en el que se desarrolla esta novela, la psiquiatría da un punto de giro y, por fin, se humaniza. La relación paciente-psiquiatra no es la única verdad y entran en juego otros aspectos que rodean al paciente: el entorno sociocultural. Aparece, por fin, la palabra esquizofrenia, se diagnostica, se clasifica y se comienza a tratar. Así sabemos que la sufrieron otros cuando ellos mismos no lo sabían. La lista en el mundo del arte es interminable. Pintores, músicos, poetas, novelistas…Hoy tenemos psicoterapias grupales, farmacoterapia, aunque esta última sirva hasta para tratar un mal día y, como no, desaparecen la mayoría de los centros de internamiento de larga duración. Son las familias las que mejor pueden dotar al enfermo de un entorno apropiado. El peso recae en la madre, claro. Victoria Lucas, se esconde tras Esther, Esther tras Sylvia, tres mujeres, la misma mujer. La historia de la adolescente que, junto a su madre, lucha por encontrar un camino, la paciente que encuentra en la escritura, en el mismísimo James Joyce, una manera distinta de mirarse, de entender lo que le sucede, de servir para algo, la amante que se convierte en madre y finalmente, la mujer desnuda que se despide de sus hijos y deja también esta estupenda novela de transformación como testimonio

«Soy sarcástica, escéptica y a veces dura, porque me da miedo que me hieran. Y tengo en mi interior esa alma sumamente vulnerable de todo egoísta».

¡Cuánta lucidez!

 La campana de cristal la publica la editorial Edhasa primero y posteriormente por Literatura Random House con una traducción mejorada de Eugenia Vázquez Nacarino y un prólogo que les aconsejo que no lean antes de leer la novela, porque prácticamente te lo cuenta todo y rompe con el encanto de la época, transportándonos, antes de comenzarla, a la realidad del 2019, o sea aquí y ahora, algo que no nos hace ninguna falta. Los editores, en ocasiones, siguiendo las pautas del marketing y las reglas de comunicación, se empeñan en darnos demasiada información en prólogos y contracubiertas, ¿no creen?

No dejen de leer esta estupenda novela escrita por una poeta, y decidan ustedes mismos.

Eva Losada Casanova (Madrid, 1967) es escritora, profesora y fundadora del espacio de creación literaria y musical, La plaza de Poe. Ha escrito las novelas El sol de las contradicciones (Alianza, 2017, XVIII Premio de novela Unicaja Fernando Quiñones) En el lado sombrío del jardín, Funambulista 2014, 4º finalista Premio Planeta de novela y Premio Círculo de Lectores, 2010) y próximamente verá la luz su última novela Moriré antes que las flores. 

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