Marianela. Galdós y la otra belleza.

artículo Marianela, Galdós y la belleza

Marianela, novela publicada en 1878, es un guiño realista al Romanticismo, es una disertación sobre la educación en una España en la que el analfabetismo acampaba a sus anchas en cualquier rincón, donde la identidad nacional se volvía difusa y la pobreza se instalaba en la minería, la ganadería y la agricultura. Marianela es una pequeña joya de nuestro patrimonio literario, un caminar por la naturaleza, mirar al cielo y preguntarse si existe realmente la justicia divina. Quizá fuera esa la pregunta que se hizo don Benito.

«Si a la soledad en la que vivía la Nela, hubieran llegado menos nociones cristianas de las que llegaron, si su aparcamiento del foco de ideas hubiera sido absoluto, su paganismo hubiera sido entonces completo, adorando la luna, los bosques, el fuego, los arroyos, el sol.».

Los personajes que forman la historia no son lo que parecen, los ángeles son en realidad demonios, todos persiguen algo, casi ninguno lo consigue. La razón contra las supersticiones, la belleza invisible, la naturaleza frente a lo divino, la caridad frente a la bondad, los sueños que se desvanecen ante un destino que se impone. Florentina, esa otra belleza, es el personaje secundario que a mí más me ha cautivado, en ella, en Florentina, don Benito despliega su habilidad para la construcción del personaje.

«Pues la Nela me pertenece, yo me entiendo con ella. Yo me encargo de vestirla de darle todo lo que necesita una persona para vivir decentemente, y le enseñaré mil cosas para que sea útil en una casa»

Mujeres mineras Asturias siglo XIX

Marianela es una mujer joven, es casi una niña, es inteligente, «un alma pronta a dar ricos frutos». Marianela representa lo puro, lo verdadero, aquello que está, sí, pero que solo un ciego como Pablo Penágulas, ve. Los sentidos nos engañan y a veces la razón poco puede hacer. Marianela no sirve para trabajar, duerme en una cesta, adora a la Virgen María, vive de la limosna de unos y de otros, pero es feliz, feliz y muy fea, fea por fuera, claro. La belleza de Marianela asoma cuando miramos hacia dentro de nosotros mismos y olvidamos que pertenecemos a una sociedad que nos marca las reglas del juego, que nos impone un tipo de belleza.

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Las escenas dramáticas, contadas sin excesivo dramatismo, pero con una plasticidad descarnada, logran encogernos el corazón. Los diálogos, intencionados y ricos en matices, gestos y caracterizaciones, fluyen por la novela construyendo a sus personajes, enfrentándolos. La historia sucede en un pueblo minero del norte de España, unos llegan, traen la ciencia consigo, irrumpen en la ceguera y otros quieren huir, salir de la pobreza, encontrar otra vida en la ciudad. Porque para don Benito, lo importante es la educación, cultivarse, ser libre sí, pero a través del conocimiento. No todos lo consiguen, no todos llegan al final del camino.

«Habíase formado Marianela en su imaginación poderosa un orden de ideas muy singular, una teogonía extravagante y un modo rarísimo de apreciar las causas y los efectos de las cosas».

El narrador pasea su omnisciencia con miradas al lector en las que adivinamos a don Benito al tender la mano a sus personajes.

«El matrimonio sería para mí una epigénesis o cristal pseudomórfico, es decir, un sistema de cristalización que no me corresponde».

En los diálogos y monólogos, los constantes guiños al panorama político de la época nos dejan metáforas únicas donde aflora esa acida crítica del autor para con la época que le tocaba vivir.

«El cristalino, volviéndose opaco y a veces duro como piedra, es el que nos hace estas picardías…Si  todos los órganos desempeñaran su papel como les está mandado…Pero allí, en esa república del ojo hay muchos holgazanes que se atrofian.».

El lenguaje tiene cara, se produce una falsa polifonía, en seguida hemos tomado partido, el lector se convierte en cómplice, en testigo de lo inevitable.

En cada paseo del médico don Teodoro Golfin, «un ser sabio, discreto y locuaz», se abre una ventana a la esperanza. La ciencia quiere cambiar las cosas, la Señara, hija del determinismo, matriarca de la familia de piedra, no cree que haya que cambiar nada, como Sofía, que representa la hipocresía, el egoísmo, y siempre necesita ser el centro de su propia estupidez. Y, poco a poco, lo que el ciego no ve, se transforma, lo que era deja de ser y entramos en un desenlace que nos arrastra hacia el peor, o quizá, sea el único final posible. Un final que puede causar desconcierto, frustración, es cierto, pero ¿hay otro? No en la novela galdosiana en la que el Realismo no llega a dejarse ver con el Naturalismo más desgarrador, sino que, en ocasiones, como hacían Mann o Steinbeck, lanza un guiño hacia el Romanticismo. Leyendo a don Benito me llega el armoma del el pesimismo de Shopenhauer, revisito el realismo ruso, la Francia de Balzac, los niños de Dickens, el «sentido trágico de la vida» de Unamuno. A medida que avanzo por esta historia, me viene rápidamente a la cabeza alguno de sus contemporáneos italianos, como el escritor siciliano Giovanni Verga, autor que, en el mismo año, 1874, publica la historia de Nedda, una siciliana, humilde, y con un destino que también aguardaba agazapado, pero que ella, al igual que Marianela, intuía.

Leer a Galdós es sentir, escuchar, tocar y convivir con todos y cada uno de sus personajes, es entender las dos Españas. Me resulta difícil separar a mi generación de escritores y escritoras realistas, de la profunda huella que ha dejado don Benito. Una huella perdurable, incluso más, que la de algunos de sus venerados contemporáneos.

Gracias, ¡maestro!

cata literaria 25 de junio 2020 Galgós con Eva Losada Casanovacata Marianela 25 de junio 2020 con Losada Casanova

Eva Losada Casanova es escritora. XVIII Premio Unicaja de novela con «El sol de las contradicciones», (Alianza editorial, 2017), «En el lado sombrío del jardín», (editorial Funambulista, 2014) y próximamente «Moriré antes que las flores» (Funambulista, 2020). Imparte talleres de novela, narrativa en Bibliotecas y en La plaza de Poe. Coordina varios Clubs de Lectura en Madrid  y las Catas literarias de La plaza de Poe.

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