Votación VIII Certamen joven de relato. «Cuentos de sabios y locos»

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Relatos SEMIFINALISTAS seleccionados entre todos los participantes.

Las votaciones públicas representarán el 10% de los votos y las votaciones del jurado del certamen el 90% de los votos. El jurado está compuesto por las escritoras Eva Losada Casanova y Mercedes de la Vega: las docentes Gloria Pérez y Llarina Pérez Salazar y la ganadora de la VII edición, la joven Raquel Lopez Pacios

Recuerda valorar: fluidez de lectura, estructura, lenguaje, originalidad, composición, ritmo y ortografía.

La risa de Dios por Quesadilla.

El semáforo seguía en rojo. Debía girar a la izquierda para ir al colegio y recoger a su hija, sólo eso. Los coches del carril de la derecha avanzaban con rapidez. Si frenaban, él no los miraba. No apartaba la vista del semáforo. No quería. Aun con los oídos tapados, las seguía oyendo, cada vez más alto. Tampoco quería mirar a los peatones, sabía qué ocurriría si lo hacía. Sólo tenía que girar, sólo eso y desaparecerían. Sólo eso.

    Tuvo un sueño extraño la noche anterior, si es que aquello era un sueño. Se despertó de madrugada y vio algo en su cuarto. Él no era creyente, nunca lo había sido, pero, de alguna manera, aquel ser erguido ante él sólo podía ser “Dios”, o algo parecido.

El silencio desapareció cuando Dios le preguntó qué iba a hacer al día siguiente. Él tardó en contestar. Mañana es viernes, dijo. Dios asintió. Por la mañana llevaré a mi hija al colegio, luego iré a trabajar y por la tarde la recogeré. Dios rio. ¿De qué te ríes? Preguntó él. De ti, respondió Dios.

    Se levantó por la mañana, pudo escuchar aún aquella risa hasta que su mujer le llamó desde la cocina. La saludó y le contó el sueño. Ella se rio. Qué sueño más tonto, dijo. ¿Por? Preguntó él. Cortaron la conversación cuando llegó su hija.

    Se llevó a la niña al coche y se despidió de su mujer. Camino al colegio él encendió la radio y puso un programa infantil. El programa había comenzado, estaban hablando los personajes que le gustaban a la pequeña y, de repente, se echaron a reír. Ella también. ¿De qué te ríes? Preguntó él. De lo que han dicho, respondió ella. ¿Qué han dicho? Ella no contestó, siguió riendo. Él se puso nervioso, las risas eran ensordecedoras. Apagó la radio y ella se asustó. Papá, dijo la niña, me das miedo. Él pidió perdón y encendió la radio. Ya no había risas.

    Llegaron al colegio, la niña se bajó, esperó a que se encontrara con sus amigas y él se fue al trabajo. Estaba ansioso. El corazón parecía una rata acorralada en una caja. Tranquilo, se dijo, es tu imaginación. Cambió de emisora y puso música. Frenó. El semáforo cambió a rojo. Se tensó. Alguien le estaba mirando. Observó por el retrovisor y vio una moto. El conductor levantó el cristal del casco, le sonrió y empezó a oír su risa. Apartó la mirada y pisó el acelerador.

    Volvió a mirar por el retrovisor. La moto no estaba. Relájate, volvió a decirse, ves fantasmas donde no hay. Subió el volumen de la música, siguió conduciendo. Le sudaban las manos y sentía escalofríos.

Entró en el aparcamiento de la oficina. La música paró. Interrumpimos la programación de hoy para anunciar un accidente de tráfico en la A-50, dijo el locutor, una moto iba en dirección contraria y chocó con un camión. Apagó la radio. La respiración se le aceleró. La radio se encendió sola. La policía y las ambulancias han ido al lugar del incidente, siguió narrando. Calló la radio otra vez. Volvió a encenderse. Nos informan de que el motorista ha fallecido. Quitó la llave del contacto. Silencio.

    Le entraron ganas de devolver la maraña de nervios que tenía en el estómago. Esperó, abrió la puerta y salió del coche. Antes de cerrarlo la radio se volvió a prender. La risa del presentador rebotó por todo el aparcamiento.

    Salió corriendo y fue al ascensor, escuchado aún la risa del locutor. Entró en el ascensor. No pasa nada, dijo, será fallo de la radio, no conectarán bien los cables o se habrá soltado algo, razonó. Céntrate, se dijo, no pierdas la calma, no pasó nada.

    Llegó al piso y anduvo hasta su mesa. Se sentó y encendió el ordenador. Le costaba controlar la respiración, le temblaban las manos y sudores fríos le recorrían el cuerpo. Una compañera se acercó a él y le preguntó si pasaba algo. Él dijo que no, que estaba bien, que había dormido mal. La compañera se rio. Se le heló la sangre. ¿De qué te ríes? Saltó él. No me he reído, respondió la otra, he dicho que yo también. Él se quedó en silencio y pidió perdón, la chica se fue preocupada.

    El resto del día no habló con ningún compañero, pero oía sus risas. No bajó a comer, no cogió las llamadas de su mujer, no se levantó de la silla, no apartó la mirada del ordenador hasta que dieron las cinco. Hora de irse.

    Seguía nervioso, paranoico. No aguantaba las risas. Intentaba saber de quién y de dónde venían. Cuando creía saber quién era, le miraba y ya no se reía, pero le sonreían y la risa se iba a otra parte. Le temblaba todo el cuerpo. Estaba enloqueciendo.

    Esperó que llegara el ascensor. Un grupo de compañeros se acercaron también a esperar y comenzaron a cuchichear. Él se giraba y ellos le sonreían, se volvía y cuchicheaban de nuevo. Uno empezó a reírse y el resto le siguió. Se apartó del grupo y fue por las escaleras. Llegó al coche y lo arrancó. La radio se encendió y volvió a oír la risa del locutor. La comenzó a golpear. Con cada golpe, se oía más fuerte aquella risa horrenda.

    El teléfono sonó. Era su mujer. Cogió el teléfono. Cariño, dijo ella, voy a recoger a la niña y así me la llevo de compras. No, respondió él, la recojo yo. ¿Te pasa algo? Preguntó ella. Él colgó. Se desesperó y sacó unos pañuelos para incrustárselos en los oídos. Metió la marcha y salió del aparcamiento. Aún podía oírlas, atravesaban el papel y notaba fuego en los pulmones. No podía mirar por las ventanillas, si no vería a la gente reírse de él; tampoco por el retrovisor, los conductores le sonreían. Quedaban pocas calles para llegar al colegio. Tuvo que pararse delante del último semáforo en rojo.

    Debía girar a la izquierda para ir al colegio de su hija y recogerla, sólo eso. No quitaba la mirada del semáforo, las risas iban a más y ahora escuchaba las risas de los niños que salían de clase. No podía más.

Miró al frente y ahí estaba Dios. Le iba a matar. Ahí estaba ese cabrón. Se estaba riendo, ¿de qué? De él.

    Pisó el acelerador. Las ruedas le pasaron por encima, aplastándole contra el asfalto. Frenó. La radio se calló. No se oían risas. Salió del coche. Silencio. Miró al suelo. En el asfalto estaba el cuerpo de su mujer e hija. Sólo pudo echarse a reír.

LA RISA DE DIOS

No cierres los ojos. de Zenith.

Pasa la página.

Sus ojos recorren el papel con la presteza de quien lo ha hecho incontables veces.

Pasa la página.

Sonríe, se sonroja, frunce el ceño; disfruta al ver un pedazo de su ser serpenteando sobre el delgado lienzo en forma de tinta.

Pasa la página.

Suspira y arroja el cuaderno.

En la esquina del cuarto, un viejo baúl abre sus fauces para tragárselo. Es el último de muchos. El cuarto de tapas carmesíes, el décimo de anillas, el vigésimo segundo incompleto.

Él solía ser brillante, un genio. Ahora, opacando todo lo demás, sólo estaba… Ese vacío.

Se levanta de un brinco e inicia un frenético paseo por la habitación. Sus pies no rozan el suelo en su sobresaltado afán por llegar a ninguna parte. Estrella el puño contra el escritorio. Y otra vez. Y mientras golpea una tercera y una cuarta escucha al baúl. Cada palabra escrita grita, cada letra trata de escapar entre los oxidados cierres. Las historias amenazan con reducir la madera a añicos. Él grita a su son. Las palabras se quejan, lloran agónicas en su cautiverio. 

“Libéranos.”

– ¡No puedo!

“¡Libéranos!”

– ¡NO! – todo su cuerpo tiembla. – El candado… ¿Dónde está el candado? 

Camina sofocado hasta el armario y abre las puertas de golpe. Le recibe la mirada angustiada de una mujer. 

– Quiero ver a mi hijo. ¿Dónde está Miguel? – solloza Laetitia: primer cuaderno azul, segundo de anillas, segundo incompleto.

Retrocede hasta chocar con la cama y se tira al suelo, buscando debajo, con el corazón latiendo cada vez más rápido. Un muchacho extendido sobre el parqué mira hacia arriba como si en el colchón se encontraran todas sus respuestas. 

– Terminaré conquistando tu corazón, Trevor. Lo juro por las estrellas. – susurra el joven Nando Ravensmith: primer cuaderno con cierre, segundo negro, decimotercero incompleto.

El escritor se levanta precipitadamente con un nudo en la garganta y se desplaza hasta la salida todo lo rápido que le permite su cuerpo, maltratado por el miedo y las lágrimas que no dejan de caer en torrente por sus mejillas. Y al abrir la puerta, un ejército al galope. 

– ¡A las armas, mis valientes soldados!¡Ganaremos esta guerra! – grita la Reina Dorada: segundo cuaderno carmesí, quinto de cuadrícula, octavo incompleto.

Y todos aquellos a los que había abandonado por el camino siguieron implorando una vida que les permitiera llegar a la última página. El escritor caído vuelve a caer; se ahoga en las voces que le exigen un futuro. Su miedo es el gatillo, la bala y la sangre.

– ¡Basta! – aúlla fuera de sí. 

Recogido en una esquina, cautivo en una cárcel construida con sus propias manos. La terrible cacofonía cesa, unos instantes de inspiraciones profundas, unos instantes para recuperar la paz.

“Sólo no cierres los ojos.” Porque con la oscuridad viene la perdición. La luz asusta, muestra eso que tantos preferirían no ver. Pero la oscuridad es aterradora, y más para alguien como él, con un único viaje de ida. Porque a diferencia de la luz, que le obliga a ver lo que tiene ante sus ojos; la negrura asfixia con su abrazo, hace más evidentes las sombras ante las que se encuentra ciego, aquellas que siente a su alrededor, observando, esperando para saltar sobre él.

Se levanta poco a poco, utilizando como asideros los bordes de la cómoda, luchando por mantenerse ligado a la existencia de alguna forma. Se dedica a escuchar el silencio interrumpido por su propia respiración. Camina despacio hacia el balcón, deja que el aire fresco recorra su rostro y se cuele entre sus cabellos. Los susurros del viento danzan sobre sus pestañas y se permite jugar con ellos, sintiendo cómo la calma se abre camino de nuevo. Después… Cierra los ojos. Cuando se arrepiente, es tarde. Las voces han cobrado formas, colores; están por todas partes. Todo su ser vuelve a gritar. Él debería tener el control. Todos ellos son suyos. Le acosan y hostigan sin descanso: plegarias, lamentos, alaridos. Un bramido gutural sale del fondo de sus entrañas. Avanza a grandes pasos, con los ojos vacíos, desprovistos de cualquier atisbo de humanidad que pudieran haber tenido. Con la fiereza de un animal enjaulado, empuja el baúl, lo arrastra disfrutando del crujido de madera contra madera. En cuestión de segundos el baúl y todo su contenido sobrepasan lo que debería ser la barandilla de un balcón pendiente de reparar. Observa cómo se precipita al vacío, riendo. El estallido contra la acera se le antoja una hermosa y alegre melodía. Y, sentado con los pies colgando sobre las nubes, la tararea hasta que el día también deja caer sus párpados, encomendándose a las estrellas.

Si caminaba un poco más rápido llegaría a tiempo. Debía comprar leche y llamar al seguro después de recoger a la niña del colegio. Miró el reloj, apurado, calculando a qué hora podría por fin tumbarse en el sofá. Sintió un escalofrío recorrer su columna y miró alrededor extrañado. De pronto, una mancha oscura tiñó el cielo, y al segundo supo que no llegaría a tiempo a ningún lugar.

Fue así como el escritor fracasado terminó por fin una historia, una que ni siquiera había escrito él.

NO CIIERRES LOS OJOS

EL VIRTUVERSO de Steve, la computadora inteligente

La nave se posó cerca de la casucha del viejo Eduardo. El hombre salió al exterior a ver lo que sucedía. Cualquiera se hubiera sorprendido al contemplar que una nave espacial había aterrizado junto a su casa y de que de ella bajaran dos seres, bajo la apariencia de simples humanos, pero no Eduardo. En su vida había visto cosas de lo más extravagantes y sin sentido; ya nada lo sorprendía.

—Saludos, terrícola —uno de los seres se dirigió hacia él con una voz muy rara, sin duda no humana—. Hemos estado observando a la especie humana con fines de adquirir conocimientos sobre vuestra raza, pero últimamente no os dejáis ver mucho. Hemos notado que habéis abandonado la tierra, el mar y el aire. Pocas veces salís de vuestros escondites. Solo tú dabas muestras de frecuente actividad. Queremos saber.

—¿Qué quieren saber? —se extrañó Eduardo, sin duda considerando que no era un sujeto especialmente interesante para los estudios de un par de extraterrestres.

—Qué os ha pasado. Por qué vuestro planeta tiene un aspecto tan enfermizo. ¿Acaso tu especie ha sufrido alguna grave dolencia, algún terrible mal? Antes erais unos seres muy curiosos e inteligentes.

—Usted mismo lo ha dicho —Eduardo les hizo un gesto para que entraran en su casa—, antes. No sé por qué se molestan en estudiar a una especie tan sumamente tonta como la nuestra. Es posible que antaño existiesen verdaderos sabios llenos de conocimiento, como Einstein. Pero hoy en día los humanos están gobernados por un puñado de locos. ¿Se extrañan de que la gente casi no salga a la calle, o de que nadie cuide del campo? Yo no, en absoluto —se inclinó sobre la mesa y les susurró, como si fuera un secreto—: ¿Saben lo que es el virtuverso?

Sus acompañantes negaron con la cabeza.

—Bien, empezaré desde el principio. Hace años, un loco llamado Matt Azúcarber tuvo una idea delirante: crear un mundo paralelo a este, un mundo donde hubiera de todo y donde se pudiera empezar de cero. Pero un mundo virtual. ¿Captan la idea?

Los alienígenas, que eran muy inteligentes y llevaban observando a la humanidad desde sus orígenes, asintieron. Querían comprender a la especie humana. Eduardo prosiguió.

—Desde luego, ese hombre estaba loco, o si no, era un sabio sumamente inteligente, verdaderamente muy listo, pero desgraciadamente un sabio malévolo. Creía tener el mundo a sus pies. Y por desgracia, así era. Consiguió arrastrar a la sociedad entera tras su idea. Yo creía que la gente aún conservaba el sentido común, que no se dejaría mangonear, pero me equivocaba. En aquella época, las personas estaban atontadas por tanta información, y eran susceptibles y vulnerables ante los grandes avances tecnológicos.

—No quisiera ofender a su especie, señor —intervino uno de los alienígenas—, pero es cierto que desde que los humanos inventaron internet se volvieron… menos inteligentes.

Eduardo rio con ganas, como no hacía desde mucho tiempo atrás.

—Tranquilo, no me molesta en absoluto. La verdad no me ofende. Todo cuanto ha dicho es cierto. No era así al principio, cuando los ordenadores se usaban para fines productivos y beneficiosos. Pero internet creció, creció como una terrible enfermedad, hasta que los humanos no pudieron vivir sin él, tanto, que acabaron viviendo dentro, por y para él —suspiró, recordando esos tiempos pasados con enorme tristeza—. Los niños dejaron de salir a las calles, los maestros de enseñar en los colegios, y los médicos de asistir a las consultas. Todo se hacía dentro del virtuverso. Fue horrible presenciar cómo nuestra sociedad, nuestros antiguos valores y tradiciones se venían abajo. Cada vez estábamos más inmersos en ese mundo virtual, existente quizá, pero nunca real. No había opción, a menos que vivieras en absoluta soledad. Yo escogí esto último. Quizá no lo mejor, pero llevo una vida real y soy feliz así, aunque esté solo.

—Veo que es valiente y muy sabio, señor —le dijo el otro alienígena.

—Bueno, no creo que así sea, pero gracias.

—Sí, lo es, no se dejó corromper como el resto de los humanos.

—A mí nunca me gustó todo aquello. Cuando Matt Azúcarber empezó a desarrollar su idea de un mundo virtual no me lo podía creer. Era una locura. ¿Para qué quería la humanidad un mundo ficticio, una vana ilusión, teniendo un planeta tan bello para nosotros? Pero lo habíamos destrozado y era más fácil para la gente darle la espalda a la naturaleza, ignorarla y tratar de evadirse en ese mundo virtual, nuevo, limpio y lleno de oportunidades. Supongo que es más atractivo vivir allí que aquí, donde la dura verdad te golpea cada día. Pero no es lo correcto. 

Se calló cuando uno de sus invitados le hizo una pregunta un tanto extraña:

—¿Qué prototipos de humano piensa que hay?

Eduardo se llevó una mano a la barbilla, frotándose la barba, pensativo.

—Bueno, yo diría que existen, sin duda, tres prototipos: primero está el sabio, aquel que no solo posee gran conocimiento, sino que también sabe usarlo con buen juicio; de esos hay muy pocos, créame, y cada vez menos; luego no podía faltar el loco, un lunático, fanático y posesivo que quiere el poder a toda costa, personas egoístas y reacias a razonar; hay un buen puñado de esos individuos por el mundo, pero sin duda no son la mayoría, no; la gran mayoría son como ovejas, que en su mayor parte siguen a los locos, porque, aunque los sabios les advierten y les dicen la verdad, les hacen oídos sordos, ya que es más fácil y gratificante aceptar lo que los locos les ofrecen. Así pues, casi toda la humanidad se comporta de una manera loca e ignorante, se hacen daño no solo a ellos mismos sino también a este bello planeta. Ya quedan pocos lugares como este en el que vivo; tierras vírgenes no contaminadas, donde puedo vivir mi vida sin que esos estúpidos me molesten. Aunque tuve que pagar un alto precio por conservar mi identidad e integridad.

—Disculpe, pero no logro entenderlo del todo. ¿Dónde están los humanos? 

—Están en el virtuverso. Prácticamente viven allí, donde no tienen que lidiar con los gravísimos problemas del mundo real. Pero todo es una farsa. He visto a algunos. Viven felices, más que yo seguramente, pero están drogados, encerrados dentro de su propia fantasía. Sus miradas están perdidas, sus ojos inexpresivos. Sinceramente, tengo más miedo de eso que de la soledad, o de unos alienígenas.

EL VIRTU VERSO

“Moscas”  de  Nimeria

Escúchenme cuando les digo que quedé hondamente sorprendido al ver una mosca de semejantes dimensiones. Gruesa como la uña de un pulgar, volaba con gran esfuerzo por todo mi dormitorio. Si hubieran visto ustedes ese bamboleo, ese vaivén errático que tanto recuerda a un borracho dando tumbos, habrían hecho lo mismo que hice yo. En la vida vi ejemplar semejante, y me propuse atraparla en un intento de evitar que se fuera. Como el pescador que, orgulloso, exhibe una gran carpa que colea con saña; posé sonriente frente al espejo al tenerla entre mis manos. Pero no fue la única. Al cabo de unos días apareció otra, esta vez más pequeña y elegante. Y también la capturé, porque tenía una mosca gorda pero no una fina y sofisticada. Y luego vino otra. Y luego otra. Y otra más. Unas pequeñas y otras peludas, con ojos brillantes o patas más largas. Fue así como empecé a coleccionar moscas. 

En cualquier otra circunstancia habría pensado que era un disparate. Apuesto a que ustedes ahora mismo lo piensan. Pero llevaba tanto tiempo solo, en esa habitación encerrado, que nada me pareció tan interesante y llamativo. Me sentía poderoso, con todas esas criaturas zumbando a mi alrededor como el sonido de los aplausos al recibir un premio. Hasta que empezaron a desconfiar unas de otras. Lentamente el miedo se extendió por el ambiente, y lo que antes era una delicia para los oídos se había metamorfoseado en una especie de jauría desesperada y mal parecida. Las moscas tenían hambre, yo lo sabía. Se miraban entre sí como buscando un bocado tras los ojos compuestos de su compañera de al lado. A punto estuvieron de devorarse unas a otras. Pero no podía permitirlo. No después del trabajo que me costó reunirlas, a esas criaturas tan raras y especiales. Abrí todos los paquetes de galletas que quedaban en mi habitación. Incluso les ofrecí los restos de un bocadillo duro por el tiempo. Yo había perdido el apetito antes de que llegaran, así que no tuve problema. ¡Si hubieran visto ustedes la voracidad con la que gestionaron esa comida…!  Era satisfactorio verlas engullir de semejante manera, tan indómitas, tan ansiosas. La calma volvió a inundar la habitación, y el zumbido se estabilizó de nuevo en esa ovación de reconocimiento que tanto había extrañado. 

Cada vez llegaban más, como atraídas por las danzas aleatorias y seductoras de las que ya estaban dentro de mi cuarto. En ocasiones me costaba acertar el número de especímenes que pululaban bajo mi cuidado, pero las conocía. Las conocía a todas, como ellas me conocían a mí. Puede que para ustedes distinguirlas hubiera sido una tarea desquiciante, pero yo sabía perfectamente cuál de todas era mi mosca gorda, y cuál mi mosca fina y sofisticada. Hasta que un día dejé de verla. A ella, a esa pequeña elegante que parecía estar por encima de todas, como una dama coqueta y sinuosa que pasea sabedora de su condición. La busqué entre todas las demás, con el temor creciente de haberla perdido. No podía saber lo que realmente había sucedido, no podía tan siquiera imaginarlo por muy obvio que hubiera parecido en un principio. Un ala transparente, como una vidriera olvidada descansaba sobre el suelo, al lado de la puerta. Furibundo, alcé la vista para encontrar como mi mosca gorda volaba más errática y pesadamente que de costumbre. Fue un instante, un brevísimo instante lo que me tomó hilar las hebras que entretejían la situación. La comida se había acabado. Me levanté tan rápido como pude, confrontando a la autora del crimen. Pero al verla los ojos, esos ojos rojos, compuestos, como miles de demonios pendientes de mis actos, me paralicé. Todas las moscas del cuarto me miraban muy atentas, como si nada más que mi persona existiera en una habitación blanca. Si me hubieran visto ustedes, estático como un ciervo ante los faros de un coche en la penumbra de la carretera… Pero deben comprenderme, deben entender que en el fragor de un silencio nervioso lo único que podía hacer era esperar mi destino presa del pánico. Se iban acercando, acechando, como buscando mi flanco débil para hincarme el diente. Por instinto mis pies buscaron retroceder, pero tal era mi miedo que trastabillé y caí al suelo. Y aquel golpe sordo fue para ellas el pistoletazo de salida. Todas mis moscas, mis queridas moscas, se lanzaron a por mí.

Llegados a este punto de la historia pensarán ustedes que se han quedado sin narrador, y que quien les cuenta esto es un ser omnisciente y superior, que permaneció resguardado del ataque mientras lo contemplaba. No van mal encaminados pero, aunque parezca mentira, sigo siendo el mismo coleccionista que empezó todo. Caí, es cierto. Miles de moscas pasaron sobre mí como una estampida alocada y salvaje. Cuando pude reponerme mire mis manos, mis brazos, y al hallarlos intactos giré inmediatamente la cabeza. Ahí estaban todas mis moscas, demasiado atareadas con una segunda persona, un cuerpo que descansaba sin siquiera defenderse sobre mi cama. 

Me incorporé lentamente, con el murmullo de la razón rugiendo cada vez más fuerte en mis oídos. Parecía impensable haber ignorado su presencia quién sabe cuánto, pero ahí estaba. Guiado por una intriga tétrica, casi enfermiza, fui acercándome. Un escalofrío me recorrió de arriba a abajo, como el presagio que anticipa mal augurio frente a la tumba de un difunto. Me asomé al abismo, al rostro carcomido y maltrecho que se ocultaba tras los zumbidos. Y al verle los ojos, esos ojos cerúleos y velados como una oquedad sin vida, supe que me había equivocado todo este tiempo. Lo supe en el mismo instante en el que el cadáver, mi propio cadáver, me devolvió la mirada entre las moscas.

MOSCAS

Virus hielo de Paruam

Hoy, 23 de junio de 2025, puedo decir oficialmente que se cumplen dos años desde que empezó esta pesadilla, y aún no soy capaz de asimilarla. 

Hace 730 días días que, vaya a donde vaya, estoy rodeada de gente, pero aún así me siento sola.

Retomemos el pasado con mi diario… 

                                                                                                      20 de junio de 2023

Querido diario :

Estos últimos días se me han vuelto infernales, odio el jaleo que se monta siempre a finales de curso, y más aún si yo me tengo que quedar en casa estudiando. Hace una semana que me informaron de mi adelanto a la Universidad. Mis padres me dicen que debo de sentirme agradecida con la vida, que ser superdotada es un don, un regalo de Dios, pero yo lo considero un marrón. Quiero ser como los demás, hacer amigos y cumplir todos mis correspondientes años en el insti, no pasarme de primero de Bachiller a la Uni. Quiero ver la tele, tener redes sociales, salir a la calle e ir a las fiestas, no quedarme en casa estudiando. Quiero ser como el resto.

                                                                                                       21 de junio de 2023

Querido diario : 

No hay que ser adivino para saber que algo marcha mal. Hoy mi madre se ha tirado toda la mañana viendo las noticias, me ha mandado a mi cuarto y me ha dicho que ni se me ocurra salir. 

                                                                                                      22 de junio de 2023

Querido diario :

Hoy me han levantado mis padres a las 6 AM, me han dicho que me vistiese y que recogiera mis cosas lo más rápido posible mientras que ellos iban a la gasolinera a recargar el depósito del combustible. 

A los pocos minutos de irse, ha sonado como un petardazo, pero mucho más fuerte. Lo último que he visto antes de desplomarme al suelo han sido a los pájaros cayendo al asfalto a través de la ventana. 

                                                                                                  23 de junio de 2023

Querido diario : 

Me he despertado tirada en el suelo del salón, con los rayos asomando por el velux. En un primer instante me he extrañado de estar ahí, pero después me ha venido a la cabeza todo lo que había pasado ayer. Rápidamente me he levantado y he buscado por todos los rincones de la casa a mis padres, pero ni rastro de ellos. La sorpresa ha llegado cuando he salido al patio y me he encontrado a mi vecina en un banco, mirando al cielo. Me he acercado a ella para preguntarle si sabía algo de mis padres, pero no me ha respondido, es más, ni se ha inmutado. Por un momento he creido que no me había escuchado, pero al acercarme más a ella me he dado cuenta de que ni siquiera pestañeaba, tampoco respiraba. He acercado mi mano a sus ojos, para ver si reaccionaba, pero no ha habido resultado. Ya asustada, le he tocado el hombro, pero ,en cuanto mi dedo ha rozado su piel, me ha entrado un escalofrío, se me ha congelado la sangre. Estaba helada. 

He entrado en pánico y me he puesto a correr buscando ayuda, pero, a cada metro que daba, más se apoderaba de mí el miedo. Toda la gente estaba quieta, como si se hubiese detenido el tiempo. 

Ahora que ya sabéis porque me siento sola, os voy a poner en situación. 

Tras escribir el 23 de junio de 2023 por última vez en el diario, me tocó aprender a vivir sola. Las primeras semanas me las pasé llorando, sobre todo cuando encontré a mis padres, congelados, echando gasolina al coche. 

Anduve sin rumbo fijo por las ciudades en búsqueda de alguna señal de vida, pero no hubo suerte, hasta el 2 de enero del 2024 cuando, por primera vez en mi vida, me alegré de tener este don que Dios me ha otorgado, el saber, la inteligencia. 

Mientras me dirigía a un super en búsqueda de latas de conserva, me topé con el edificio más famoso de la zona : El Laboratorio de Bioquímica. Era el más famoso porque nadie sabía quienes trabajaban ahí, ni en qué trabajaban. 

Tras meditarlo un rato, entré en él, sin esperanza alguna de encontrar respuestas, pero, para mi sorpresa, entrar ahí fue la mejor decisión que había podido tomar en mucho tiempo. 

Dentro había miles y miles de personas, humanos que tiempo atrás habían estado trabajando y que ahora permanecían congelados. Avancé por un largo pasillo hasta que llegué a una sala. Encima de la puerta, escrito sobre una chapa metálica, ponía el nombre de : Virus-hielo.

Aunque la habitación era muy amplia , lo que más destacaba, era el estante que había a la izquierda. Dentro había fotos de un virus, parecido al virus de Marburg, pero más alargado, como una serpiente pequeñita. Al lado, varios cristales rotos permanecían en las baldas de madera.

Me tiré en esa sala todo el día investigando. Cualquier otra chica de mi edad no habría entendido nada de lo que había allí, pero yo lo entendí todo, por desgracia. Digo por desgracia porque creo que habría sido más feliz viviendo en la ignorancia. 

Os cuento : Al parecer hay un virus ( virus-hielo ) que se agarra al corazón y congela el interior de todo aquel que lo posee. El huésped no muere, permanece en reposo, como si estuviera dormido. Algo similar a lo que le ocurre al Rotíferos Bdelloideos, un animal microscópico capaz de vivir 24.000 años en estado de congelación. El caso es que, solo si se extrae el virus del corazón, el huésped puede volver a respirar. Pero lo peor, y a la vez lo más extraño, es que se transmite por el aire, y creo que ahora mismo lo estoy respirando. He llegado a la conclusión de que el 22 de junio de 2023 algo o alguien reventó todos los recipientes en los que se hallaban estos virus, y esto provocó que ahora todo el mundo esté congelado en el tiempo. 

Pero, ¿ por qué soy la única inmune ? Llevo intentando hallar esa respuesta mucho tiempo, trabajando con mi sangre y células en los laboratorios, con la esperanza de volver a otorgarle vida a este mundo y hoy, 23 de junio de 2025, he encontrado la cura, la vacuna, y estoy a punto de inyectársela a mis padres.

VIRUS HIELO

SLAN EL LOCO

Me llamo Slan y mi historia comienza en medio de la nada, en el año 1401, cuando mi madre me dio a luz debajo de un árbol, en algún lugar que desconozco y en unas condiciones que la llevaron a la muerte poco después de mi nacimiento. Por suerte o por desgracia, unos mercenarios que estaban viajando desde Doldrey hasta Skellig se encontraron con el cadáver de mi difunta madre y a mí mismo, y decidieron llevarme con ellos.

Cinco años después ya estoy empezando a utilizar la espada y a recibir un entrenamiento físico, pues no me acogieron por caridad sino por falta de mercenarios. Hasta ese momento me ha cuidado principalmente un hombre llamado Lumias, al cual consideraba mi padre, sin saber cómo era en realidad. En ningún momento de mi vida recibí ningún tipo de afecto ni atención más allá de mi desarrollo como mercenario, pero al no saber lo que era el amor no lo echaba en falta, no conocía otra forma de vida.

Conforme pasaban los años me iba volviendo más y más bueno en el uso de la espada y tenía una fuerza mayor que la mayoría de mercenarios. A la edad de 12 años ya podía luchar contra los adultos aunque me llevaran diez años. Con quince era todo un profesional. Dos años más tarde, defendiendo el castillo de Wyndham de una invasión toda mi banda fue aniquilada excepto yo que sobreviví gracias a mi fuerza y, tal vez, a la suerte. Sorprendentemente, no sentí nada, ni tristeza, ni alegría, solo quería mirar hacia adelante. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que lo único que quería en esta vida era matar, o más bien luchar, me hacía sentir vivo.

Estuve un tiempo luchando en diferentes escuadrones e incluso ejércitos, trabajando como un mercenario solitario y frío. La gente me temía y envidiaba por mis excelentes cualidades para el combate. La poca interacción que tenía con otras personas se limitaba a recibir el pago por mis servicios o el deseo de contratarme.

Un día, de camino a recibir mis honorarios, me encontré a alguien, alguien cuya presencia era inexplicable.

-Hola –El hombre misterioso me habló, interrumpiendo mi camino– Eres Slan el Loco, ¿verdad?-, he escuchado mucho de ti últimamente, has viajado por todo el continente participando en todo conflicto posible, asesinando a incontables personas.

-Sí, así es como me llaman, ¿cómo me has reconocido? – pregunté sorprendido.

-Es más fácil de lo que crees- dijo aquel hombre en tono burlesco. -Emanas una sed de sangre que nunca había visto. 

-Bueno, eso no importa, ¿qué quieres de mí? 

-Quiero que me sigas, que formes parte de mi banda, la banda del Jabalí. Por lo que sé, te has criado rodeado de mercenarios crueles y fríos, no tienes familia ni amigos, al menos es lo que me han dicho. Creo que puedo ayudarte, ayudarte a ver que en la vida hay más que lucha, guerra y dolor. Sé que serás capaz de considerar a otras personas como amigos o incluso familia aunque no os una la sangre. ¿Qué te parece?

-Chorradas, no busco ese tipo de relación. En estos tiempos uno solo puedo confiar en uno mismo.

-Eso es lo que tú crees. Mira, entiendo que no quieras unirte, pero supongo que aceptarás que te contrate para la guerra en Vritannis.

-Vale. Pero no esperes que hable más contigo ni con nadie de tu banda.

Dicho esto, procedimos al pago y me explicó los detalles del combate, dónde y cuándo. Apenas terminamos con eso seguí mi camino, esperando el día en que pudiera pelear de nuevo.

El día del combate llegó dos semanas después de la extraña conversación con el hombre misterioso, cuyo nombre desconocía, pues no me interesaba lo más mínimo. El combate se sucedía como todos los que había tenido hasta al momento, pero poco a poco me di cuenta de que la habilidad de aquella banda de mercenarios no era como cualquier otra que hubiera visto. Por eso, cuando acabó el combate, decidí hacer algo que nunca habría pensado hacer, unirme a la celebración por la victoria del combate. Siendo sincero, no quería estar allí si no fuera porque decidí unirme a la banda de aquel hombre, pues nunca había disfrutado tanto un combate.

Tras horas buscándolo logré encontrar a aquel hombre.

-Hola Slan- Dijo tras verme con una sonrisa en la cara, no sé si porque estaba ebrio o porque sabía que le hablaría tarde o temprano, tal vez ambas.

-Buenas noches, solo vengo a decirte que sí, que quiero unirme a la banda del Jabalí -dije algo avergonzado, pues le dejé bien claro que no quería hablar más con él. 

– Pero quiero que una cosa te quede clara.

-Dime -me contestó sin pensárselo lo más mínimo.

-Solo me uno porque quiero experimentar de nuevo esa sensación en el combate, nunca he disfrutado tanto luchando. 

-Mira, te voy a ser sincero, aquí estamos todos por lo mismo, porque disfrutamos matando, pero si quieres unirte tendrás que hacer que los demás confíen en ti, tanto dentro como fuera del combate. Así que prepárate.

Tras este intercambio empecé a conocer a mis compañeros, por mucho que no quisiera, la verdad es que no me aburrí tanto como me esperaba, pues todos ellos son tan sabios en cuanto al combate como yo, o incluso más.

Tras dos años empezaba a apreciar poco a poco a todos, no solo por cómo combatían sino por su forma de ser. Se podría decir que les consideraba mis amigos. Gracias a ellos empecé a disfrutar más cosas a parte de matar, de hecho, al principio consideraban que estaba loco por eso mismo y, viéndolo ahora mismo creo que tenían razón. 

Tras otros dos años llegamos a la actualidad, he perdido a muchos colegas en combate y ha sido la primera vez que siento tristeza por la muerte de una persona, lo cual me hace sentir humano no como el loco que era años atrás, alguien que no sentía nada, alguien que solo se movía por inercia. Por eso me alegra haberme unido a esta banda, considero que he dejado esa locura atrás y que cada año soy más sabio tanto en el combate como en la vida, esta es la clave de la existencia.

SLAN EL LOCO

PSICOSIS

Miré mi reloj, eran las siete y media pasadas de la tarde. En menos de media hora se iba a poner el sol y la oscuridad invadiría el cielo, de hecho, ya lo estaba haciendo. No había absolutamente nadie en la calle, cosa que me extrañó bastante y debía encontrar un sitio para dormir si no tenía pensado mojarme con la inminente lluvia.

– ¡Eh, chaval! -Escuché detrás de mí.

Me giré pensando que alguien iba a estar ahí, y efectivamente, había un hombre con una vestimenta muy peculiar. Llevaba una camisa con corbata y traje. Por el momento parecía normal, pero estábamos en pleno invierno y estaba en bañador, además tenía unas chanclas grises que le quedaban fatal.
– ¿Qué quieres de mí? Solo estoy buscando un sitio donde pueda descansar –Contesté con algo de miedo.
– Nada, pero te puedo ayudar con eso que me has dicho. Te puedo dejar dormir en mi casa. Me llamo Jonathan Pace.

– Encantado.

No me inspiraba mucha confianza, pero tampoco tenía otra opción, así que me vi con la obligación de aceptar.

De camino a su casa entablamos una conversación. Resulta que era un “matemático libre” o así se hacía llamar él.

– ¿Y qué es un matemático libre? -Pregunté.

– Pues…, digamos que es alguien sabio en cuanto a la ciencia de la matemática se refiere, y que por envidia ha sido rechazado por los demás.

– Vale. Ya me imaginaba que eras un marginado. Lo que no me creo es que seas matemático, porque más bien pareces un payaso con esas pintas.

– Ten un poco de respeto. Además, me visto así para que nadie se me acerque y así poder estar tranquilo. Cuando lleguemos a mi casa entenderás todo un poco mejor.

– ¿Pero tú te has visto? -Dije soltando una carcajada.

Tras diez silenciosos y un tanto incómodos minutos llegamos a su casa. No era muy grande y estaba ordenada y limpia.

– ¿Tienes hambre? -Me preguntó.

– No mucho -Respondí. A saber que entiende este hombre como comida.

– Muy bien. Estás en tu casa. Eso sí, bajo ningún concepto entres a mi habitación, ¿vale? Puedes hacer lo que quieras excepto eso. Yo me voy a hacer una cosa hasta que me entre el sueño.

– A sus órdenes -Contesté con un tono vacilón.

Tenía sueño, pero no podía dormir allí. No quería tomar ese riesgo. Tampoco podía escapar, si quería algo de mí, me iba a encontrar fácilmente y se estaba muy cómodo en su sofá viendo la televisión. No había ningún programa divertido, así que me puse a ver cómo era la casa. Era bastante parecida a la mía, de hecho, podría decir que es exactamente igual, algo bastante inquietante.

Estuve aproximadamente unos cincuenta y cuatro minutos admirando el hogar de mi nuevo “amigo”. Ya eran las nueve de la noche. A esta hora siempre ponen en la televisión mi programa favorito así que llego el momento de diversión. 

– No te vas a creer lo que acabo de descubrir –Escucho decir a Josemi por detrás.

– ¿El qué? -Pregunté curiosamente.

– ¡Estrellas! Mira, ven.

Entramos en su habitación y comprendí de verdad porque se hace llamar matemático. Tenía las paredes llenas de números y de cálculos. No entendía nada. Eso sí, Josemi parecía ser un genio ante mis ojos y yo a su lado era un analfabeto.

– ¿Qué es todo esto?

– “Todo esto” como lo llamas tú, me ha llevado a lograr uno de los más difíciles descubrimientos de la historia de la humanidad. El siguiente número primo. Es el dos elevado a setenta y siete millones doscientos treinta y dos mil novecientos diecisiete, menos uno. Casi veinticinco millones de dígitos. Es tan complicado como encontrar nuevas estrellas. -Dijo exhausto

– Tú estás locate perdido.

– Puede que un poco, pero voy a pasar a la historia, ahora ya puedo dormir tranquilo, o mejor dicho, ya puedo dormir.

– Pues enhorabuena. Me llena de orgullo haber estado presente en este hecho histórico. -Contesté con una ligera sonrisa en mi cara.

No me podía creer lo que estaba viendo. Me había encontrado a, posiblemente, la persona con el coeficiente intelectual más elevado del planeta vivo, o incluso que jamás haya existido. Y yo, alguien mediocre con un futuro incierto, aunque prometedor, todo hay que decirlo. Me sentía un poco humillado, pero por suerte no había nadie más además de Jonathan.

– Vamos a celebrarlo tomando algo. Debería tener algo de vodka en la cocina.

– De acuerdo. -Respondí.

Ya en la cocina me fijé que en la encimera había unas pastillas que no había visto antes.

– ¿Qué son estas pastillas? -Pregunté

– Tómatelas si quieres.

Me las tomé sin pensármelo dos veces.

– Es risperidona. –Dijo Jonathan- Te vienen muy bien José Miguel. Seguramente no es la última vez que la tomes, ni tampoco la primera.

– ¿Qué? ¿Cómo sabes mi nombre? No te lo he dicho. -Grité asustado.

Eso fue lo último que logré decirle a Jonathan antes de que desapareciera. Por cierto, no me he presentado. Soy José Miguel, Josemi para los amigos. Parte de mi familia es de Cuenca y veraneo allí. ¡Ah! Que se me olvida decirlo, soy esquizofrénico.

PSICOSIS

LA VOZ

Mateo corría por el campo con el balón controlado esquivando a los rivales. Se sentía como un jugador de verdad. Ya podía imaginar a la gente coreando su nombre. Llegó al área y vio a Adrián solo.

– ¡Pásala, Mateo! – dijo Adrián.

Así hizo Mateo. Le llegó el balón a Adrián y…

– ¡A cenar! – gritaron unas voces a lo lejos.

– ¡Nooooooo! – se lamentaron ambos chicos.

Con gran resignación, recogieron sus cosas y se marcharon del campo. Mateo vivía muy cerca de allí, pero Adrián debía andar un poco más. 

Al llegar a casa de Mateo, se despidieron y Adrián siguió andando hacia la suya. A él no le gustaba ir solo de vuelta a casa porque tenía que atravesar una calle a la que llamaban “la calle sombría”.

Así se nombró debido a que, dada la orientación de los edificios, el sol nunca llegaba a iluminar toda la calle. Siempre había zonas con sombra y niebla. Y eso es lo que causaba miedo a Adrián. Eso, y que no sabía qué o quién había en las sombras.

Pero tenía que ir por ahí de todas formas, así que se armó de valor y empezó a recorrerla. Había muy poca gente, pero todos tenían aspecto demacrado. Unos pedían limosna, otros dormían en el suelo…

-Pobrecillos- pensó Adrián.

Iría más o menos por la mitad cuando escuchó a alguien.      

– ¡Hey, chaval! –Adrián se giró, pero no vio a nadie.

-A tu derecha, chico.

Se volvió a girar a donde le había dicho la voz, pero solo veía niebla. La voz provenía de ahí, pero no veía nada.

– ¿Quién eres? – preguntó Adrián.

-Eso no importa- se oyó.

– ¿Y qué quieres entonces? – volvió a preguntar el chico.

-Hablar contigo, por supuesto- dijo la voz.

A Adrián la voz le transmitía una sensación de familiaridad, como si ya la hubiese escuchado antes, aunque no recordaba dónde.

– ¿Y de qué quieres que hablemos? –

– ¿Tú te haces preguntas? –

– Pues claro.

– ¿Qué tipo de preguntas? –

-Hago preguntas acerca de la hora, la comida del día o si puedo ir a jugar con mis amigos.

– No me refiero a esas preguntas. Me refiero a cuestiones sobre ti o sobre las cosas que ves.

– ¿Cuáles son esas preguntas? –

– Voy a ponerte un ejemplo, ¿de qué crees que está compuesta esta calle? –

Adrián se quedó pensando. Estaba compuesta de la acera, los edificios, las farolas…

-Pues está compuesta por la acera, los edificios, las farolas…

– Vale, ¿y de qué están hechas todas esas cosas que has nombrado? –

– Están hechas de materiales como el cemento, el metal, el ladrillo y más.

– Correcto de nuevo, ahí va otra pregunta, esta vez más difícil, ¿de qué están formados estos materiales?

– No lo sé, de materiales más pequeños, ¿no? –

– Eso es en parte correcto y en parte incorrecto. Sí que es verdad que están hechos de cosas más pequeñas, pero no son otros materiales. Se llaman átomos. Y en nuestro cuerpo hay de esos.

– ¿Y a dónde quieres llegar? –

– Ten paciencia, Adrián.

– ¿Cómo sabes que me llamo Adrián? ¿Quién eres? – exclamó, muy asustado.

– ¿Aún no me has reconocido? Soy Mateo, tu amigo.

– ¿Mateo? ¿Qué haces aquí?

-Mira ven, acércate.

Adrián anduvo hacia él, y lo que vio fue sin duda el momento de su vida en el que más miedo pasó. Había un hombre viejo, sin ojos y muchas cicatrices delante de él.

Se echó para atrás por instinto.

-Tú no eres Mateo. ¿Quién eres? – gritó Adrián.

-Soy tu yo del interior, soy esa vocecita en tu cabeza a la que llamáis conciencia. Yo soy el que os habla a todos, YO SOY DIOS Y SOY TODOS Y NADIE AL MISMO TIEMPO.

Adrián salió corriendo muy asustado para intentar llegar a su casa.

– ¿A dónde te crees que vas, pequeño renacuajo? Vuelve ahora mismo- gritó la voz.

No le escuchó y siguió corriendo, pero se tropezó y se cayó al suelo.

-No puedes escapar de Dios. Soy eterno.

Adrián chilló asustadísimo.

¡CLONC!

El hombre cayó al suelo inconsciente.

– ¡AYUDAAAAAAA! – exclamó Adrián.

Una persona tomó al chico en brazos y se lo llevó corriendo…

-Y eso es todo lo que recuerdo, señor agente.

-Gracias chaval. Sé que ha sido muy duro, pero si recuerdas algo más dínoslo.

-Sí, señor agente-

Dicho esto, se marchó.

-Adrián, a partir de ahora yo te acompañaré al campo y volveremos juntos, para que no te pase nada parecido.

-Tranquila mamá, no ha sido nada.

-No lo he formulado como una petición- dijo sonriendo.

-Vaaaaaale mamá- respondió, también riéndose.

LA VOZ

Cataclismo de Val. 

Él está podrido, me dije a mis adentros, nadie debería de verme junto a él dado a mi estatus pero no puedo hacer como si estuviera muerto ¿O tal vez si? De igual modo la insistencia de mis hijos era mayor que mi paciencia asique que se le iba a hacer, veo que las ojeras que tengo por desvelarme en el laboratorio son hasta mucho más notorias de lo que esperaba, aun así tragó una bocanada de aire y doy una sonrisa alegré a mis hijos nada más salir del lavabo. -¡Papá, papá! tu hermano ya está en la sala de estar!- 

-¡Eso! ¿no escuchaste el timbre? Siempre te evades demasiado–   Intento no fruncir el ceño al escucharle, llega mucho más pronto de lo esperado ¿Acaso no sane lo que es la puntualidad? La emoción de mi hija me acaba calmando y la sonrio –anda, ya sabes como es tu padre, vamos con mamá y saludamos ¿si?-  Me agachó para esbozar una sonrisa colocando el lazo de terciopelo que llevaba en su vestido  –estas bellisima cariño-.  digo volviéndome a incorporar, cada día se vuelve una niña más despistada, me recuerda a mi, atenta para lo que quiere, con una curiosidad audaz. -y tanto que se ve bella, porque no saludas a tu tío pequeña?–  veo como su vestido de seda se mueve con torpeza hasta él para darle abrazo a mi hermano, mi hijo mayor la sigue a un paso mas calmado y diviso como estrechan manos, a la otra punta del pasillo iluminado por las velas.

Me quito el polvo de las rodillas y caminó hasta él para ofrecerle una mirada fría colocando mi mano en su hombro. –espero que no te costará encontrarnos-. Veo cómo me sonríe al escucharme y me devuelve la mirada, es la primera vez que nos dirigimos la palabra desde hace diez años.-Esta muchacha, Amelia cierto?, tiene tus ojos-. Su voz suena hueca para mi, es la misma que escuche hace tanto, la misma mirada, la misma sonrisa y el mismo rencor que vi en sus ojos cuando me titularon, él siempre había sido impulsivo, fue justo eso lo que conllevo a que no lo aceptaran, fue justo eso lo que hizo que lo odiara, aún así, algo brilla en sus ojos, nose lo que es, pero no me fio, de no ser por mi palabra ya estaría en las calles.- Bueno, hermano. Digo intentando mostrar la mejor de mis máscaras -¿te importaría si nos sentamos en la mesa? Mi esposa acabará la cena en breve. Así nos disponemos al comedor siendo yo adelantado por él.

¿Habrá sido una buena idea? Veo a mi hija con mi mujer asomándose por el salón con su famoso guiso, pierdo el raciocinio y me dejo caer de mejor humor en la mesa, el se sienta en la otra punta, mi familia consiguiente, a los lados, mi esposa sirve la comida bien emplatada, los cubiertos dorados, sacados para nuestro invitado relucen más que nunca, empiezo a comer. Cucharada tras cucharada relajo mas mis hombros, con mi hija hablando de sus clases de piano, la reciente victoria de mi hijo en esgrima y la belleza de mi esposa. Da igual cuán terrible sea mi hermano, nadie en el mundo podría estropear una cena así, tomo una cucharada y hay algo raro. Será sólo mi imaginación, tomó otra más para degustarla con cuidado y miro a mi esposa que ya estaba con la vista en mi ante mis muecas.

-¿Sucede algo cariño? Me da una de sus sonrisa, de normales me callaría si no me gustase pero hay algo más. –Cariño, este guiso, has modificado la receta? -Oh te has dado cuenta, tu hermano me ayudó un poco con tu plato, me dijo que el picante te gustaba, ¿porque no me lo habías hecho eh? La cuchara se me cae de golpe y lo miró directamente, sonríe, algo ha hecho, lo se por su cara, por sus ojos, lo sé porque yo ya no me siento yo. Empiezo a ver borroso, el olor de la horrible comida me invade los agujeros de la nariz y entonces ¿Porque yo no quería tomar más? Con lo bien que huele y sabe, ya no me acuerdo, ya no recuerdo porque me importaba siquiera otra cosa que ésto, me abalanzo como un perro en desesperado al plato y lo engullo hundiendo la cara en el. Oigo gritos pero hago caso omiso hasta divisar el mismo olor que el de mi plato al otro lado de la sala. –Hasta que me miras hermano. Cierto, ese es mi hermano, necesito más, me da tanta felicidad, nunca había estado tan feliz, me acerco a él desesperadamente.

D-dame eso, te lo ruego.

-Oh por supuesto que te lo daré hermanito, pero mira, tu famila no esta feliz como tu, te lo daré cuando lo soluciones. Señala a la esquina y me giro para verlos, aterrados ¿Porque tendrán esas caras? Con lo feliz que estoy, ¿Son mi familia? Ya lo recuerdo, deberían de alegrarse de que me encuentre tan bien, me acerco salivando a ellos por el olor que me engulle los adentros y me abalanzo. Me encargare de hacerlos felices, felices como yo, si lo hago yo seré hasta más feliz que ahora asique les demuestro lo alegre que estoy, con mis puños, con mis dientes, hasta trazarles una sonrisa en la cara, uno tras uno. Segundos después las piernas me falla, noto un sabor metálico en mi boca, noto un olor más fuerte que aquel que tanto necesitaba y recuperó el raciocinio. -¿q-que? Me tapo la boca para no vomitar. Mi esposa, mis hijos. No es posible ¿Como ha pasado esto? Miro mis manos, llenas de sangre ¿lo he hecho yo? Un humano no podría llegar a desgarrar tanto en tan poco tiempo, están magullados, su sangre está salpicada por la sala y todos tienen una mueca de felicidad forzada en la cara que les ha dislocado la mandíbula. Esto debe es una pesadilla, quedó perplejo por un segundo para luego girarme con los puños apretados.

-tu.. Miro a mi hermano que sigue con esa mirada desde la puerta de casa, ha sido él, el me ha hecho esto. Voy a levantarme, a abalanzarme contra él pero las piernas me fallan y las lágrimas brotan de mis ojos. -¿¡Han gritado verdad?! ¡Han sufrido !¿P-porque a ellos?! El solo me esboza una sonrisa, hasta más grotesca que la de mi muerta familia. -tu eres quien está podrido, ahora eres quien se pudrirá hasta el fin de sus días.

Me dice para darme la espalda.

-Nunca debiste fiarte de mi.

Entonces oigo los caballos de la guarida y el desaparece tras el manto de la noche.

Estoy loco.

CATACLISMO

La otra realidad

¡RING, RING, RING! Suena el despertador a las siete y cuarto de la mañana, es un nuevo día. 

Un joven, se despierta y se arregla para ir a trabajar. Él es uno de los primeros que empieza a ejercer su oficio en todo el pueblo y eso no le agrada mucho. Tras andar cinco minutos por aquellas calles estrechas, desiertas, desniveladas y rodeadas de una frondosa vegetación, llega a su restaurante dónde allí se reúne con toda su plantilla. 

—¡Buenos días, Joaquín! — Le dicen sus empleados que están preparando las mesas de la terraza para dar el servicio de la comida.

—¡Buenos días, Lucía! ¡Buenos días, Irene! ¡Buenos días, Nico! — Responde Joaquín muy amablemente. 

A las doce, después de haber organizado y repartido todas las tareas, empiezan a recibir gente para dar el servicio. No son pocas las personas del pueblo que conocen el local y acuden semanalmente a “Tapas Joaquín” a tomar algo de picoteo.

Muy seguida y rápidamente empiezan a llegar una enorme cantidad de comandas a la cocina.

—¡Dos de bravas y una de calamares! — Dice el camarero Nico. — ¡Dos de bravas y una de calamares!

En las siguiente veinte comandas le decían que tenía que cocinar también dos de bravas y una de calamares, pero él en el comandero veía claramente que estaban escritas otras tapas distintas como: “una de gambas y dos de croquetas”.

El servicio deja a Joaquín súper confundido sin saber qué hacer. Además, él no se sentía con ganas de seguir trabajando. Cabizbajo y confuso llega a su casa, a eso de las tres de la mañana, pensando que; a pesar de tener sólo veinticuatro años y contar con mucha experiencia ya que había aprendido de su difunto padre Fernando Adrián, no había sido capaz de mantener la cordura en el servicio.

—¿Qué será de mí cuando tenga treinta años más? ¡Seguro que estoy defraudando a mi padre, él no merece esto! — Se decía a sí mismo nuestro protagonista.

—¡Dos de bravas y una de calamares! ¡Dos de bravas y una de calamares! 

    ¡Dos de bravas y una de calamares! ¡Dos de bravas y una de calamares!

¡RING, RING, RING! Suena el despertador a la misma hora de siempre.

—Pero ¿qué me ha pasado? — Grita Joaquín. — ¡Me estoy volviendo loco! 

Él sin dar mucha importancia a lo que acababa de vivir en ese momento, emprende su viaje rutinario al trabajo. Los mismos cinco minutos y las mismas calles estrechas, desiertas, desniveladas y rodeadas de una frondosa vegetación de siempre. Aparentemente todo parece normal, pero de repente escucha… 

—¡Dos de bravas y una de calamares! ¡Dos de bravas y una de calamares! — Otra vez esa misma voz que escuchó tiempo atrás. 

Joaquín no sabía dónde meterse, estas palabras resonaban cada vez con mayor intensidad y más frecuentemente.

—¡Dos de bravas y una de calamares! ¡Dos de bravas y una de calamares!

—¡AAHHJJ! — Joaquín no lo soporta más y rompe a llorar en medio de la calle — ¿Por qué me tiene que estar pasando a mí esto? ¡Sólo soy un humilde cocinero! ¡Qué he hecho yo para merecer esto!

La gente que paseaba por el pueblo le escucha llorando y se acerca a Joaquín a preguntarle qué le pasa. Él no sabe gesticular ninguna palabra correctamente, pero sus amables vecinos le acompañan al restaurante, que estaba a tan solo dos manzanas de aquel lugar. Durante ese paseo tranquilizador junto con sus vecinos, parece olvidarse de todo.

—¡Buenos días, Joaquín! — Le dicen sus empleados preparándose para dar el servicio de la comida.

—¡Buenos días, Lucía! ¡Buenos días, Irene! ¡Buenos días, Nico! — Responde Joaquín muy sorprendido pues no le habían notado apenado después del gran llanto que había sufrido unos minutos antes.

Joaquín se pone su chaquetilla y comienza un nuevo servicio de comidas. 

Entra la primera comanda:

—¡Dos de bravas y una de calamares! — Dice el camarero Nico. — ¡Dos de bravas y una de calamares!

—¡Esto no puede ser real! Se dice a sí mismo, — ¿Dos de bravas y una de calamares? — Se vuelve a preguntar muy extrañado.

En ese momento el joven chef Joaquín iba a decir “oído” a Nico, pero no es capaz de decir ninguna palabra ante la gran confusión, bloqueo e incredulidad de lo vivido y…

¡PUM! Se escucha un fuerte golpe proveniente de la cocina.

¡Pi… pi …pi… pi… pi… pi…! Este sonido, que no era el de su despertador habitual, despierta a Joaquín en una habitación. Al abrir los ojos se encuentra con una pared muy amplia blanca y una gran ventana al lado derecho de la cama. En ese instante, Joaquín supo perfectamente que aquella no era la habitación de su casa.

—¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy? — Preguntó Joaquín a una joven vestida de color aguamarina.

—Cierra los ojos y escucha a tu corazón, le dijo la joven.

Joaquín en un primer momento la ignoró, pero finalmente se dejó acompañar por la dulzura de su voz.

El cocinero se concentró mucho y de repente una voz que le parece familiar le empieza a hablar.

—Joaquín, llevo un par de días intentando mandarte un mensaje. Era yo él que te decía ¡Dos de bravas y una de calamares!, sólo quería comunicarme contigo para explicarte por primera vez, que la causa de mi fallecimiento fue el gran estrés constante que sufría en mi trabajo como chef profesional. Siento si he sido demasiado pesado con todos estos mensajes. Sólo quiero que seas feliz y que no trabajes como cocinero si no quieres, sólo sigue tu vocación y ve a por ella.

En ese momento Joaquín supo perfectamente quién le hablaba y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Joaquín cerró los ojos y decidió seguir los consejos de su padre.

LA OTRA REALIDAD

Funcionará de Berililo

Los golpes en la puerta acabaron con la duermevela en la que se encontraba el alcalde que, recostado sobre su camastro, trataba vanamente de conciliar el sueño. Permanecía en aquel estado desde hacía ya varias semanas, y aún desconocía el porqué.   

Un joven entró en la estancia, y el alcalde se apresuró a incorporarse. 

–¿Sois el hombre del que me hablaron? –El otro asintió. 

–Soy un curandero poco común, pero, cuando fui conocedor de vuestro malestar, supe que yo podría ayudaros. 

–¿Poco común? –El alcalde se mostró desconfiado ante el extraño. 

–Así es. No obro con los mismos métodos que otros. Me dedico a algo completamente distinto; un tratamiento escaso y desconocido. –Su interlocutor chasqueó la lengua, sintiendo una mezcla de intriga y recelo; no terminaba de fiarse de él. 

–¿Y en qué consiste?

–Se trata de un viejo arte que aprendí lejos de aquí, cuyo fin es dormir vuestra parte consciente y permitirme descubrir aquello que os produce tal malestar. 

La primera reacción del alcalde fue soltar una carcajada de incredulidad. 

–¿Conque ese es vuestro “método poco común”? No sois un curandero, tan solo un pobre loco que ha perdido el juicio. No me hagáis perder más tiempo con vuestra teoría imposible. 

–No estoy loco, señor, y mi teoría no es imposible. Ya se ha realizado en otros lugares. Yo mismo lo he visto. He sido partícipe de cómo ese método ha logrado soluciones milagrosas con personas que también sufrían. 

–¿Milagrosas, decís? –La sonrisa burlona del alcalde se contrajo en una mueca seria. Con los labios apretados, replicó al curandero– Los milagros no nos corresponden a los mortales, muchacho. Si accedí a escucharos fue por las recomendaciones de los vecinos, que hablaron en favor de vuestras buenas costumbres y de vuestra devoción al Santísimo. Sin embargo, si alguien os escuchara hablar de la posibilidad de invocar a otro ser dentro de un mismo cuerpo, ¿no podría pensar que es brujería?

Negó con la cabeza, en señal de desaprobación. 

–No quiero pensar así de vos. Después de todo, habéis tratado de ayudarme. Sentenciaré, por tanto, que tan solo os habéis vuelto loco e incapaz de razonar. Tanto, que ya solo murmuráis sandeces. Es, al final, lo que firmemente creo que os ha ocurrido. 

El muchacho lo observaba atónito, sin poder articular palabra. No era la primera vez que recibía aquel tipo de respuestas, pero nunca antes lo habían vinculado con la brujería ni lo habían llamado loco con tanta convicción. Sin duda, la efusividad con la que los vecinos le hablaron de la desesperación del alcalde por aquel malestar inexplicable lo había confundido. Había llegado a pensar que este paciente podría confiar en él. 

–Concededme una única oportunidad –le suplicó, aferrándose a su última salida– y permitidme intentar demostraros la efectividad del tratamiento. Tan solo necesito que os prestéis a colaborar. Si no funciona…

–No funcionará -espetó el alcalde, cortante- No volváis a formular semejante estupidez en mi presencia. No voy a permitir que mis ciudadanos me vean formar parte de una majadería similar. Nada bueno puede salir de esto. 

–¿Y cómo lo haré, entonces? –El curandero se resistía a dar por concluida aquella reunión, y asumir que había perdido su oportunidad. –¿Cómo le demostraré…?

–¡Con ratas! –gritó el alcalde mientras se situaba frente al hombre, enfurecido y harto de la insolencia que le estaba mostrando. –Si lográis acceder al interior de esas bestias y que estas os escuchen, tal y como decís que ocurrirá, os atenderé gustosamente. ¡Es más! Pagaré por vuestro tratamiento y me lo aplicaré. 

–¿De verdad? ¿Me pagaréis por ello?

El alcalde esbozó una imperceptible sonrisa socarrona. No había duda de que el hombre no razonaba desde hacía tiempo y, según avanzaba la conversación, apreciaba que se había vuelto irremediablemente loco. Intuyendo que su negativa solo impediría que se desprendiera de él, prefirió ofrecerle falsas esperanzas.

–Por supuesto. Pagaré la cantidad que estiméis oportuna. Tenéis mi palabra. Y para que veáis que confío en vuestro tratamiento, me gustaría ayudaros con él…–Fingió un gesto pensativo– ¿Quizá con música? Según dicen, la música amansa a las fieras… ¿qué podría ofreceros? Sin duda no alcanzaríais vuestros propósitos con un tambor, y ahora mismo no dispongo de ningún laúd… ¿Una flauta sería de vuestro agrado? –Disimuló la risa socarrona que aquella farsa le provocaba. 

Supo que había tomado la decisión acertada cuando vio al extraño muchacho emprender una ruta que lo alejaba de su querido pueblo, sosteniendo una vieja flauta de Pan en sus manos. Con un poco de suerte, este se recluiría en algún sótano abandonado con algunas ratas y, entre estrepitosos fracasos, no tendría tiempo de volver por allí. 

***

Los golpes en la puerta acabaron la duermevela en la que se encontraba el alcalde, cuyo sueño no había mejorado tras dos años de constantes visitas de conocidos curanderos de la comarca. Se incorporó, molesto y sorprendido. Aquella no era una visita esperada.

–¿Qué ocurre? –preguntó inquieto, al ver en el umbral el rostro pálido de su mujer. 

–Son ratas. Entran por todos los rincones del pueblo. Vienen todas en fila, como si alguien las guiara. Nunca habíamos visto nada igual. 

Por la ventana desde la que había divisado los últimos andares del hombre dos años atrás, el alcalde lo vio acercarse. No mantenía aquellos andares, sino que caminaba con paso firme y seguro; con la flauta en los labios, y cerrando aquella procesión de ratas que se introducía por la entrada principal de Hamelín. 

FUNCIONARÁ

LA ENSEÑANZA DE BENANCIO

Era un día como otro cualquiera para la familia González en La Guardia, un pequeño pueblo situado en el Toledo de 1930. Doña Antonia, se encargaba como habitualmente de las tareas domésticas, Don Pelayo salía a trabajar temprano al campo, Marquitos se divertía con sus canicas, Pedro en cambio estaba aburrido y muy descontento porque su familia no le hacía caso y en su mente no paraba de hacerse preguntas sobre lo desconocido del mundo y a imaginarse como sería una vida sin su familia. Por lo que aprovechó el momento en el que su madre cosía para escaparse de casa cogiendo provisiones y objetos necesarios para su travesía y llevar a cabo el momento en el que su vida cambiaría.

Pedro había tomado esa decisión, quería conocer como era la vida en las grandes ciudades pese al riesgo y sufrimiento al que se podría ver afectado tanto él como su familia. El primer día de travesía e investigación estuvo marcado por el calor que hacía y el cansancio de andar sin un rumbo fijo, pero por suerte al anochecer encontró un granero donde pudo durmió.

Su nuevo amanecer estuvo marcado por el cantar de un gallo, Pedro comenzó el día con gran energía desayunó unas tortas de cañamón que había cogido como provisión y continuó su travesía hasta Toledo por un camino. A medida que avanzaba hacia más calor y tenía más hambre por lo que decidió descansar en un pequeño pueblo que parecía deshabitado por el silencio absoluto y comenzó a investigarlo, llegó a una casa enorme y se fijó que la puerta principal estaba medio abierta y se dio cuenta de que podía escalar la reja oxidada que la rodeaba. Al entrar a la casa se sorprendió por el buen aspecto que tenía en su interior y pensó en que igual no estaba deshabitada, pero ignoró sus pensamientos y decidió acostarse en la cama situada en la habitación principal para descansar un rato.

Pedro dormía, pero su sueño se vio interrumpido por un fuerte estruendo que provenía de un lugar cercano, ante este sonido Pedro salió disparado de la cama y miró por la ventana que daba a la calle principal viendo una gran humareda por lo que decidió salir de la casa para enterarse de lo sucedido. Al  llegar se encontró a un hombre de unos sesenta años tendido en el suelo al que tomó el pulso y se dio cuenta de que sus latidos funcionaban correctamente por lo que decidió utilizar una carretilla que encontró al lado de un huerto para cargar a este misterioso hombre. Utilizando todas sus fuerzas, Pedro lo transportó hasta la misma casa en la que hacía pocos momentos había estado descansando.

Pasadas unas horas el hombre despertó haciendo movimientos nerviosos y hablando consigo mismo, Pedro le habló, pero el hombre no dijo ni una sola palabra, se levantó de la cama y salió al exterior de la casa viendo la humareda que se había producido, el hombre le dijo con gestos a Pedro que le acompañara y le llevó a un pequeño cuartel en el que había unos dibujos y unos cálculos que no descifraba por la cantidad de operaciones prodigiosas que había realizadas en tan poco espacio de papel.

El hombre estuvo haciendo cálculos y juntando diferentes piezas de hierro, Pedro le observaba sentado en una silla con gran curiosidad, pero estaba anocheciendo y estaba muy cansado por lo que se quedó dormido. Pero de nuevo su sueño se iba a ver interrumpido por un grito del hombre el cual había seguido trabajando en su proyecto toda la madrugada. Al abrir sus ojos Pedro se dio cuenta de cómo el extraño señor le volvía a hacer gestos para que le acompañase, pero esta vez no dio crédito a lo que vieron sus ojos, era un viejo coche rodeado de piezas de hierro, también había una gran antena y una especie de reloj con una tuerca. Después de estar observando este coche el hombre por fin habló y se presentó diciendo que se llama Benancio, Pedro le preguntó que hacía en ese pueblo abandonado y que era ese coche tan extraño.

Benancio comenzó a hablar y a explicar su proyecto a una gran velocidad, pero debido a la complejidad de lo explicado Pedro no se enteró de nada y empezó a pensar que ese hombre tenía problemas mentales y que tal vez debería seguir su viaje hasta Toledo. Sin embargo, Benancio le dijo a Pedro que subiese como copiloto en el coche y le explicó que iban a ir al pasado específicamente al año 1912, año en el que su mujer e hijo murieron debido a una explosión de gas en su casa. Desde entonces, Benancio había perdido la cabeza y comenzó a elaborar una máquina del tiempo para intentar que no sucediera esta catástrofe.

Terminada su explicación, Benancio comenzó a tocar tuercas y manivelas y la máquina se activó haciendo un fortísimo sonido y temblando, de repente estas turbulencias y sonidos cesaron, Pedro pensó que el plan de Benancio había fracasado, pero después de un fuerte resplandor que le cegó por completo, abrió los ojos y vio el pueblo que hace un rato estaba deshabitado, ahora se encontraba lleno de gente y él en medio del mercadillo de la plaza. Pero había un problema, ¡Benancio había desaparecido! Al darse cuenta de ello, Pedro comenzó a buscarle hasta que una fuerte explosión en una casa cercana casi le despega los pies del suelo. En ese mismo instante Benancio salía de la casa corriendo con una mujer y un niño en brazos, ¡les había salvado de la explosión!

Tras llevar a cabo esta increíble acción Benancio estaba eufórico y en ese instante Pedro se dio cuenta de que este hombre “loco” había estado 18 años trabajando en una máquina del tiempo para salvar a su mujer y su hijo de un accidente. Nunca se hubiera imaginado lo que había ocurrido: ¡había viajado en una máquina del tiempo con un hombre al que había salvado la vida minutos antes debido a otra explosión que se había producido en un pueblo totalmente deshabitado! Este sabio hombre le había hecho ver que la familia es lo más importante para la vida de una persona y que una vida sin familia da lugar a la locura y la depresión, por lo que Pedro volvió a su casa despidiéndose de Benancio y su familia.

LA ENSEÑANZA DE BENANCIO

LA FANTASÍA DE CASPER

Casper Camp era un hombre de mediana edad y viudo con una hija. Se casó a los veinticinco años con Celia, la mujer que había amado desde que se conocieron al matricularse en la escuela. Al cabo de un tiempo tuvieron una hija llamada Ana, pero por desgracia, la madre murió al dar a luz.

Casper trabajaba en la universidad como profesor. Además de pasar la mayor parte del tiempo con su hija sentía una fuerte pasión por las matemáticas. Un día tras otro, al terminar de impartir clase se quedaba en el aula estudiando nuevos métodos para resolver su teoría de las ecuaciones diferenciales. El resto de profesores creían que perdía el tiempo trabajando en ello ya que ese campo llevaba sin resolverse siglos.

Todas las noches, al volver de la universidad iba a la habitación de Ana a contarle un cuento y a darle las buenas noches. Después se iba a la cocina, se sentaba y se ponía a hablar:

—Te va a sorprender lo que he descubierto hoy, cariño. Seguro que con esto el resto de profesores me respetará más.

Casper se fue a la cama y antes de dormirse dijo:

—Celia, mañana iremos con Ana al parque y la enseñaremos a montar en bicicleta, estoy seguro de que aprenderá en seguida. Buenas noches, cielo.

Al día siguiente, Ana y Casper fueron al parque de la plaza, y se llevaron consigo la bicicleta. Ana estaba muy ilusionada. Mientras ella montaba en la bicicleta Casper la miraba y decía:

—¡Mira Celia! Es una maravilla el ver a nuestra hija montar tan bien.

Ana dijo:

—¿Con quién hablas papá?

A lo que Casper contestó:

—Pues con quien voy a hablar hija, ¡con tu madre!

La reacción de Ana al escucharlo fue de total asombro, no entendía por qué había dicho tal cosa si su madre había fallecido hacía ya siete años.

Esa misma tarde Ana fue a visitar a su tía, María, la hermana de Casper, para contarle lo que había ocurrido por la mañana. La tía, al igual que Ana, tampoco entendía el comportamiento de Casper. Ambas coincidieron en que tenía que ir al doctor a hacerle algún análisis, por si acaso algo iba mal.

Al cabo de una semana, los tres fueron al médico, sin embargo, a Casper no le hacía mucha gracia puesto que él siempre había tenido cuidado con su salud y creía que esa cita médica no le hacía ninguna falta. Una vez realizadas esas pruebas el doctor habló con María sobre los resultados, María no podía creer lo que estaba escuchando, se quedó perpleja. La vuelta a casa fue en silencio absoluto, no se oía ni el ruido del motor del coche, pero de repente Casper habló y preguntó:

—Bueno, ¿qué te ha dicho el médico? Todo bien, ¿no?

María solo pronunció un suspiro de preocupación, no sabría cómo reaccionaría Casper al saber que tenía esquizofrenia, de modo que le dijo que todo había ido correctamente.

La noche había caído cuando llegaron a casa. Ana se fue a la cama, Casper y María se quedaron en la sala de estar conversando. María estaba a punto de contárselo a Casper cuando él dijo:

—Celia, acabamos de llegar. El médico ha dicho que estoy perfectamente. No ha recomendado que tenga que estar en cama, mañana ya podré volver a la universidad.

María, preocupada al escuchar a Casper, se alarmó y decidió revelarle el diagnóstico del especialista. Casper no podía creer lo que acababa de escuchar. La atmósfera se congeló, Casper se sentó en la mecedora y no dijo nada. María permaneció a su lado hasta que dieron las once y se fueron a dormir.

Por la mañana Casper desayunó y se marchó a trabajar. No hizo mención alguna a la noticia de la noche anterior. En la universidad seguía trabajando en su investigación matemática hasta que de pronto llegó María, sólo quería saber cómo estaba Casper. Estuvieron hablando de la esquizofrenia y de cómo podía afrontarla. Él tenía miedo de no poder continuar con sus estudios debido a la enfermedad, pero dijo a María que hasta que no perdiese el conocimiento del todo no pararía de trabajar en su teoría.

Pasaron los años y la enfermedad lo hacía cada vez más vulnerable. Casper además de imaginarse a su mujer, también veía sombras y oía voces que le decían: 

—Piensa, obtén conocimientos y lo conseguirás.

Él no sabía lo que significaba, pensaba y pensaba, y seguía sin comprenderlo. Durante todos estos años había avanzado mucho en su proyecto. Estaba listo para presentárselo al decano de la universidad. Cuando fue a hablar con el decano se puso un poco nervioso debido a que había llegado a un momento en el que no podía controlar la enfermedad. Inició la presentación, y las reacciones del decano eran de admiración hasta que Casper cambió rápidamente de tema diciendo:

—¿Ha oído eso?

El decano no entendía nada de lo que estaba sucediendo, le dijo a Casper que prosiguiera, pero ya no sabía ni por donde iba. Entonces el decano le pidió que parase, que no hacía falta que le contase más. Casper, al oírlo, pensó que no le había gustado la teoría y que no era digna de ser publicada, pero el decano dijo:

—¡Excelente! Es uno de los estudios más impresionantes que he visto. Mañana estará publicada.

Casper no podía creerlo, el trabajo de toda su vida había finalizado con éxito a pesar de todas las complicaciones a causa de la esquizofrenia. 

Llegó a casa a contárselo a su familia, y justo cuando entró por la puerta no había nadie. Buscó por todos los sitios pero seguía sin encontrar a nadie, no entendía lo que pasaba. Fue al bar de la calle, entró y preguntó si alguien había visto a Ana y a María. La gente se extrañó, y el camarero le dijo que Ana y María habían muerto hace cinco años. Casper se asustó. Y de repente salió el dueño del bar y le dijo que se fuese, que no quería locos en su local. Casper salió corriendo hacia la universidad para hablar con el decano, no entendía nada. Buscó y buscó, y no lo encontró. Súbitamente, aparecieron dos policías diciendo:

—¡Alto! ¡No te muevas! Ya van seis veces que te escapas.

LA FANTASÍA DE CASPER

EL NAUFRAGIO 

La noche era oscura. La gente hablaba entretenida mientras observaban deleitados el mar. El oleaje parecía tranquilo y el barco se movía lentamente.  Navegaba con tranquilidad, pero a lo lejos se podían divisar unas nubes negras y rayos. No me alarmé demasiado, dado que pensé que el capitán ya tendría algo previsto para evitar aquella tormenta. Pero no fue así, no sé si fue por culpa del alcohol o aquella oscura noche, pero el rumbo no parecía cambiar e inevitablemente, nos acercábamos a aquella tormenta. Decidí ir a ver qué pasaba arriba pero el trayecto hasta el puente de mando fue más complicado de lo que esperaba. El barco empezaba a tambalearse con más fuerza y a la gente le había afectado el alcohol. Cuando por fin llegué a las escaleras, después de apartar a varios borrachos del medio decidí, sin llamar, entrar en el puente de mando. Pero justo cuando iba a abrir la puerta, un gran golpe se escuchó en la proa haciendo que todos nos cayéramos hacia delante. Yo caí inevitablemente tratando de girarme. Pero para mí desgracia o mi fortuna me di contra algo metálico cerca de la nuca. Grité de dolor y puse la mano en la herida sangrienta, un pitido ensordecedor aumentó mis gritos, y se me nublo la vista. Hasta que, sin fuerza, probablemente debido a la pérdida de sangre, los ojos se me cerraron.

La luz empezó a entrar en mis ojos y rápidamente, sofocado por lo último que recordaba, me levanté rápidamente pero un gran dolor en la cabeza surgió en seguida. Me levanté tocándome la cabeza y me pareció notar unos hilos en esta, pero preferí dejarlo por el dolor que me producía. Empecé a caminar con dificultad y me di cuenta de que estaba en una habitación desordenada y con los muebles y pertenecías arrojadas por el suelo. He de admitir que eso me alarmó, pero no recordaba nada de lo que había pasado. Salí del camarote y reconocí ese pasillo con moqueta roja. Miré las paredes y me horroricé al ver manchas rojas a lo largo de estas. Continúe caminando y subí las escaleras con cierta dificultad. Entonces vi la luz que antes me había despertado por una rendija de la cortina. Salí con las manos en la cara y con los ojos entrecerrados encontré una barandilla y al otro lado el mar. Sin duda estaba en el barco. Continue y llegue a la proa de este. La luz me cegaba, pero pude ver unas sombras que parecían hablar con calma. Me acerqué y entonces vi a aquellas personas. Una de ellas se dio la vuelta y se acercó a mí. Era un hombre de aspecto mayor, tenía una nariz muy grande y sus ojos eran azul claro. Su pelo blanco estaba tapado por un gorro beige y tenía una larga barba. El anciano me miró con la cabeza ligeramente ladeada y con una sonrisa de dientes blancos dijo:

—Buenos días dormilón.

¿Qué? No entendía nada. Tenía la sensación de estar viviendo una locura transitoria. El hombre pareció leerme la mente:

—Llevas durmiendo dos días. Se ve que te diste un buen golpe – Exclamó mientras ponía la mano en la espalda y empezaba a andar hacía el resto de gente- A ver te voy a presentar a “Los supervivientes”.

Se aproximó a otro hombre. Vestía ropa de capitán.

—Es el segundo comandante del barco, que dormía mientras el otro se dedicaba a estrellar el barco. – Bromeó.

Pasó de largo. La siguiente fue una mujer. Tenía las ojeras marcadas y su pelo recogido en un moño muy despeinado debido al viento. Sus manos estaban en el regazo y nerviosa las apretaba. Estaba sentada en el suelo y se balanceaba mientras murmuraba algo.

Esta es Linda- Susurró el anciano acercándose a mi oído- Estaba en su luna de miel, perdió a su marido. Pobre mujer. Tan joven. En fin- dijo dando la vuelta y dirigiéndose hacia otro lado.- Estos somos los supervivientes.

¿Y tú? – Pregunté

Ah, yo… Yo soy Jules Gabriel – Dijo con una sonrisa. Entendí que no quería dar más información o simplemente no tenía nada que contar como yo.

¿Y tú eres…? – Cuestionó extendiendo las manos hacia mí.

Tom. Solamente Tom. 

De acuerdo Tom, solamente Tom. – bromeó. Se dio la vuelta y se fue a continuar la conversación con el segundo capitán.

Me quedé allí por unos instantes, asimilando toda esa información, sentándome en el suelo mirando hacia el mar.

Los siguientes tres días fueron bastante silenciosos, menos por parte del anciano que no paraba de hablar, pero me caía bien, era agradable escucharle. No sé hasta qué punto era un genio o un loco. Pero afirmaba que cerca había una isla. Pero los días pasaban y empecé a desconfiar.

La cuarta mañana de travesía me desperté antes que el resto, recorrí el pasillo con marcas de sangre por los fallecidos del accidente y subí las escaleras. La luz de la mañana me dio en la cara. Salí a la proa y pude divisar algo que no era agua. Corrí a la parte de arriba donde estaba el timón y abrí la puerta con fuerza. El capitán dormía en la butaca. 

 —¿EN SERIO? – Le zarandeé con fuerza y él despertó sofocado. Señalé por la ventana. Él aún cansado cogió su catalejo y con euforia me miró sonriente. Salí corriendo y gritando:

—¡tierra!¡tierra a la vista!

El resto no tardaron en levantarse por mis gritos. El barco se acercó cada vez más a la isla y según nos acercábamos más grande parecía ser. En unos pocos minutos echamos el ancla sin dificultad muy cerca de la costa.

Nos bajamos todos, yo el primero. La isla tenía mucha vegetación y tras la orilla se alzaba altos y grandes arboles tropicales. Volvimos al barco para coger nuestros utensilios más preciados y que nos pudieran servir en la selva. En una media hora estábamos todos reunidos. Todos menos el capitán. El hombre mayor y yo lo buscamos y le preguntamos por qué no estaba preparado. Él con voz de corderito se excusó diciendo que el barco tenía una avería y que él se quedaría. A ninguno le preocupó este hecho, menos a mí y a Jules. Los dos nos adentramos, junto a la viuda, en aquella frondosa selva, mientras el capitán se despedía.

El verde consumió nuestra vista y perdimos el barco junto al capitán. 

Por mucho que hubiéramos sufrido hasta ahora, lo que nos esperaba era aún peor.

EL NAUFRAGIO

EL SECRETO

Hola, me llamo Jack. Soy el hijo de un padre que desapareció en Waitomo, Nueva Zelanda. Muchos dicen que mi padre murió, no hay rastro de él y durante mucho tiempo he querido negar y no aceptar su desaparición. La gente no confiaba en mí. Después de esto no he podido parar de investigar sobre lo sucedido, no me voy a rendir. Llevo mucho tiempo investigando acerca de aquel día. Mi padre desapareció en una expedición en Waitomo hace un año. 

Después de días y noches sin dormir, ayer encontré lo que tanto tiempo llevaba buscando: mi padre era un científico investigador. Siempre le llamaron loco por lo último que quiso intentar. Nunca me dijo nada de su última expedición. Se pasaba encerrado en el laboratorio investigando. Solo salía para hablar conmigo sobre lo buena que había sido mamá.

Tampoco me interesé en preguntarle, me arrepiento de no haberlo hecho. Ayer volví a su laboratorio como cada día, busqué y busqué y encontré un mapa. En ese mapa se podía ver un recorrido que llegaba a su final con un objetivo. En él salía una bebida que se llamaba Rosac.

Había una llave pegada en la parte inferior del mapa junto a un mensaje: “Hola hijo, si estás leyendo esto necesito tu ayuda, este mapa lleva a mi último destino. En la jungla de Hoai se encuentra una antigua poción. No es una leyenda. Llevo tiempo estudiándolo, analizándolo. El día 5 de este mes, al alba, saldré de aquí y me dirigiré hacia Hoai. Esto es algo muy importante, es el antídoto de la sabiduría”. Este mensaje fue el que me llevó a partir de aquí hacia Waitomo. 

Hoy es mi primer día del recorrido. En el mapa pone que el primer destino son unas cataratas de agua morada, se encuentran en el norte de la isla por lo que no tardaré en llegar. El camino está entre hojas de diversos colores y ruidos que nunca había escuchado. Finalmente creo haber encontrado las cataratas por lo que me dirijo a ellas. Su color morado intenso hace que se refleje en los árboles dando una sensación de paz y armonía. Cautelosamente camino detrás de ellas, pero una luz sale intensamente de una cueva que se encuentra al final de la última catarata. Al entrar en la cueva noto como desprende una energía. La cueva está cubierta en su interior de oro. En la derecha se encuentra un altar con símbolos egipcios y bajo ella un pergamino. En él pone el nombre del antídoto del que me había comentado mi padre: Rosac. Detrás de el pergamino ponía: “Para encontrar el Rosac valor y sabiduría has de usar”. Cogí el pergamino en cuanto noté como se empezaban a desprender las pepitas de oro de las paredes de la cueva. “Menos mal que he salido a tiempo”.

En el mapa apareció un tic en el primer destino y apareció una flecha que se dirigía al siguiente. En el segundo destino aparecían unas ruinas. Por lo que me puse en marcha hacía ellas. El camino es distinto y el clima se nota desértico. Por lo que paro para beber en el único lago visible. Continuo con el camino, pero mis ganas se consumen y mi paciencia se agota. Después de seguir, y no rendirme como me había prometido, empiezo a ver lo que podrían ser las ruinas. En ellas no había nada que captase mi atención fuera de lo normal. Había tres pilares cada uno mas grande que otro y alrededor de ellos una cantidad de vegetación inexplicable. Me paré a pensar sobre el mensaje del pergamino, ¿a qué se refería con el valor y la sabiduría has de usar? Supongo que el valor hacía referencia a el camino hacia las ruinas. Y la sabiduría todavía no la había encontrado. Investigue los pilares. En ellos había escrito en la parte lateral un mensaje.” El siguiente destino no sale en el mapa si quieres llegar a él averigua la siguiente adivinanza”. En el segundo pilar se encontraba otro mensaje. “Si la sabiduría eterna quieres encontrar bajo el cielo estará”. En el tercer pilar se encontraba una imagen tallada a piedra de unos lagos. Bajo el cielo estará…. Abandoné las ruinas y de nuevo miré el mapa. El tercer destino no había aparecido, solo había aparecido otro tic seguido del primero en el segundo destino. Debido a la imagen del tercer pilar me dirigí en busca de unos lagos. Hice noche en el pie de una montaña y salí en busca de mi padre y los lagos sobre las 6:00. Encontré un sendero y me guié por el sonido de los lagos que buscaba. Bajando la montaña me di cuenta de que había un inicio de agua que derramada por la montaña llegaba hasta el final formando un río dónde no se veía el fin. Parecía infinito. Llegué hasta debajo de ella y fui en dirección de el sonido del agua que sonaba delicadamente como iba desembocando, formando lagos. Después de seguir todas las pistas que había encontrado durante estos días llegué hasta los lagos de la imagen. En ellos se veía el reflejo de todo lo que abarcaba sus alrededores. Recordé el mensaje de nuevo. “Si la sabiduría eterna quieres encontrar bajo el cielo estará”. Mire el cielo y seguidamente abajo como dictaba la frase. En los lagos se reflejaba todo incluido yo. Me pase todo el día en busca del sentido de aquel dichoso mensaje, pero no le encontraba solución. Estaba cansado y mi cabeza no daba para más. Pero necesitaba encontrar a mi padre y con él, el antídoto que tanto ansiaba encontrar. Las horas pasaban y empezó a anochecer. Miré de nuevo el mapa y vi cómo se formaba un último destino. Y se dibujó una flecha hacia el destino anterior es decir los lagos en los que me encontraba. De repente empecé a escuchar gritos. “Hijo, hijo” me dirigí hacia donde venían aquellos gritos. Era mi padre. “Papá” contesté lleno de emoción. “Papá pensaba que no te encontraría”. “Hijo, sabía que me buscarías, nunca desconfié de ti. He encontrado el Rosac”.

“¿El Rosac?”. “Hijo mira, mira. Acércate al lago. ¿Qué ves reflejado?”. “Solo veo mi reflejo y el tuyo”. Contesté sin saber a qué se refería. “A eso me refiero Jack. El Rosac eres tú. Al igual que mis antepasados me transmitieron sus conocimientos yo te aporto distintos y así tu se lo pasarás a tus hijos, pero hay una parte de la sabiduría que solo se obtiene con una cosa. El tiempo”. Me quede perplejo al escuchar su última frase. “El Rosac era una forma de decir que vayas donde vayas la sabiduría no te abandona igual que tú no la abandonas a ella. La sabiduría se adquiere con conocimientos y aprendiendo cada día con cada detalle. Como tú lo has hecho durante este trayecto”.

“Gracias papá. Por enseñarme lo que la sabiduría puede llegar a ser”.

EL SECRETO

LOCURA DE UN SOLDADO

En el año 1916 Japón se encontraba en guerra, esta historia relata la vida del batallón terrestre número 18, que tiene el propósito de mantener la línea de defensa posterior al cuartel general japonés, que se sitúa en Ichigaya-Tokio.

Los jóvenes militares, no parecían estar preocupados debido a que se encontraban otros 17 batallones delante de ellos, sin embargo, eso no hacía más que preocupar a su capitán llevándolo casi al borde de la locura, ya que con solo romper la línea de defensa de un solo batallón, se podría producir el caos y por tanto sería más fácil para el enemigo penetrar en las siguientes filas, o al menos eso pensaba Tsuboi Ryoutarou (que así es como se hacía llamar el capitán del batallón), por todas aquellas ideas y su introducción a la locura, provocada por el inicio a la guerra, hizo más fácil para él, que se le ocurrieran ideas alocadas como cambiar sus puestos con un batallón inferior (de menor prestigio) y que se encontrase más cerca de las filas principales de ataque enemigo, ya que confiaba más en sus propias habilidades que en las de cualquier otra persona.

Tsuboi Ryoutarou era el mejor militar del que disponía Japón, ya que era el estratega al mando, al idear su plan se dio cuenta de que otro de los mejores estrategas se encontraba en las líneas fronterizas, ese mismo se llamaba Subaru Tsubaky Ryoutarou, su propio hermano. Así que, envió una solicitud de unión a su frontera para idear un plan de defensa más estratégico en grupo junto con su hermano, al llegar al puesto avanzado se le dio una cálida bienvenida a Tsuboi Ryoutarou por parte de Subaru Tsubaky Ryoutaro, debido a la cantidad cuantiosa de tiempo sin verse, producida por el inicio de la guerra, la modificación de grupos para la defensa y la instrucción a las nuevas tropas.

Tsuboi Ryoutarou le comentó a su hermano que podrían atacar de noche a los cuarteles generales enemigos, en su momento no les pareció mala idea, pero no sabían lo que les esperaba, al infiltrarse en el equipo enemigo, notaron que había pocas personas en vigilancia y mucho menos en los camarotes, incluso con esas, el plan siguió adelante y solo se comentó que estuvieran más alerta y que no bajaran la guardia. Según se iban adentrando y matando a la gente en sigilo, para no ser detectados, iban marcando a los fallecidos, y al acabar solo habían anotado a 212 militares fallecidos, en ese mismo instante Tsuboi Ryoutarou gritó: “MEDIA VUELTA, ESTAN ATACANDO EL CUARTEL” Efectivamente estaban atacando el cuartel ya que tenían el mismo plan que ellos, atacar por la noche, en cosa de una hora llegaron al campamento para ver que no habían llegado a tiempo ya que se encontraron con enormes charcos de sangre y cientos de cadáveres, pertenecientes a los batallones que se habían quedado atrás.

Tsuboi Ryoutarou cayó al suelo, sumido en la desesperación y dijo: “es culpa mía, no sirvo para nada, ojalá no me hubieras hecho caso…” (se notaba que estaba llegando al límite que su cordura podía resistir), así que su hermano (Subaru Tsubaky Ryoutarou) decidió tomar el mando y mandar un pequeño escuadrón con los mejores hombres que disponían, fueron unos 11 incluyéndolo a él.

Pasaron minutos, horas, días, esto produjo que la gente que se quedó a cuidar a Tsuboi Ryoutarou comenzara a perder la fe en que volvieran, pero ante todo pronóstico en el octavo día de su marcha cuando casi no les quedaban recursos apareció el batallón sobre el horizonte, que fue enviado por Subaru Tsubaky Ryoutarou.

Tsuboi Ryoutarou que se empezaba a encontrar mejor empezó a contar y se percató de que solo había 10 hombres, por lo tanto, se levantó y se dispuso a correr con todas sus fuerzas hacía ellos, para acabar dándose cuenta de que el que no se encontraba con ellos era Subaru Tsubaky Ryoutarou, los restantes 10 militares, que se encontraban doloridos, destrozados y llenos de cicatrices se dispusieron a agachar la cabeza en señal de respeto y en ese mismo instante Tsuboi Ryoutarou lo entendió a la perfección, su hermano había fallecido en combate, en ese mismo instante cogió una granada le quitó el seguro y se la tragó, al segundo siguiente se despertó desorientado en una camilla en un hospital, concretamente un hospital psiquiátrico perteneciente a Japón exclusivo para gente con el mayor grado de locura, así es,  todo lo que creía haber vivido fue solo un sueño de una persona poco cuerda.

LOCURA DE UN SOLDADO

LA SABIDURÍA DE UN LOCO

Aquella mañana gélida y fría del primer invierno en La Torre Oscura, el sabio estaba sentado en el alfeizar junto a la ventana, bajo los efectos de aquel hechizo que mantenía cálida la biblioteca de la escuela. Como siempre en la cabeza del Maestro sabio cavilaban nuevas fórmulas y anotaciones que añadir a su diario.

Para aquel momento, la escuela de sabiduría y magia reunía más de veinte alumnos, más los sabios, que según la biblia de la magia deben realizar un último y complicado examen que les otorgue el título de maestros, las personas con más experiencia y sabiduría de todo el colectivo de magia, y por supuesto los que cuentan con más autoridad y preparación para la resolución de los problemas del Reino.

Todo estaba preparado para la llegada del Sr. Sirius Wesley, primer ministro y presidente del Consejo de Magia, un hombre poderoso que tenía el control de la mayoría de administraciones de los tres reinos hermanos. El motivo de su visita se debía a que en el último año habían surgido problemas que atormentaban a los sabios, ya que la guerra entre reinos y las tensiones entre el pueblo aumentaban, de igual manera las injustas acusaciones a los supuestos acusados de brujería, se habían disparado.

La nieve estaba despejada del camino, caía la noche y la Luna llena asomaba en lo lejano sobre el horizonte, parecía que la llegada del Ministro era inminente, a pesar de la fuerte tormenta que lo retrasaba, haciendo la espera del Maestro sabio interminable, este se impacientaba cada minuto más, pero permanecía sereno ante el comedor principal, donde se encontraban todos los alumnos reunidos, ansiando poder retirarse a estudiar a sus habitaciones respectivas, pues la fecha de los exámenes elementales en sabiduría estaba cercana.

Tras la espera, sonó un trueno y todo el comedor quedó en completo y absoluto silencio, cuando de repente apareció en medio de la sala el primer ministro, acompañado de los espectros, guardianes muy temidos por petrificar a cualquier víctima que represente una amenaza. El semblante del Director se encontraba pálido y frío, como si se tratase de un fantasma ausente, entonces el elfo Harry se dirigió a él y le susurro algo en la oreja que pareció despertarle como de un hechizo.

La noche ya había caído, y los alumnos se encontraban ya en sus habitáculos, el comedor estaba siendo recogido por varios enanos mal humorados que permanecían bajo las órdenes del amo de La Torre. Todos los sabios del Consejo se encontraban reunidos en la sala secreta, bajo el hechizo de invisibilidad.

Todos ellos habían sido convocados y ahora se encontraban en la mesa presidida por el Sr. Snake Black, profesor de la escuela en la materia de artes oscuras y talentos. Todos ellos escuchaban vagamente el discurso del Sr. Smith Coligan, un hombre con fama de estar loco. Todo parecía indicar que la guerra derramaba cada vez más sangre y las manos de los sabios estaban cada vez más ensuciadas, y lo peor es que cada minuto que pasaba aparecían nuevos problemas por los que preocuparse.

Era ya medianoche cuando la reunión de la cumbre se disolvió, siendo aplazada al día siguiente. Mientras tanto en el bosque del Valle de las Tinieblas, acechaban los peligros y un oscuro manto negro envolvía todo el edificio, que permanecía bajo la protección de los centinelas.

A la mañana siguiente, el Consejo se reunía temprano en la recepción principal, la mayoría de sabios permanecían despreocupados e interesados por prolongar las negociaciones y por tanto la guerra, a cambio de intereses para llenar su bolsillo.

Ya en la sala de reuniones junto a la biblioteca, el viejo Coligan volvía a tomar la palabra, pero como tantas veces era ignorado, a pesar de su larga experiencia durante su siglo y medio de vida, y su sabiduría en consecuencia de ella. Entonces pareció interrumpir su sermón, lo que no pareció importar al resto durante unos minutos en los cuales el viejo arrugado y loco Smith permaneció inmerso en sus pensamientos de demente por la edad, además, su apariencia no era de ayuda pues era tuerto y llevaba un binóculo en el ojo derecho, el iris del izquierdo era de colores extravagantes, y su larga melena gris estaba siempre descuidada; sin embargo, todo el mundo le respetaba debido a su relevancia e influencias fuera del Consejo de Magia.

Tras un largo rato todos volcaron su mirada en el fondo de la sala, concretamente donde permanecía levantado y susurrando barbaridades el Sr. Coligan. Entonces este alzo la voz, y tras unos instantes, empezó a poner a cada uno en su sitio, y entonces añadió: “ya basta de prolongar sufrimiento, dolor y perdida derramando sangre de aquellos que luchan en una farsa sembrada por sus propios líderes, cegados por el poder y la ambición para llegar al trono de los reinos hermanos y tomar el control’’ y temblando la voz dijo ‘es hora de que todo este truco acabe’

Tras unos meses de injusticias, el Sr. Coligan mostró a los Reyes la verdad del conflicto, generado por falsas acusaciones y tensiones provocadas a propósito entre los pueblos para poner en el trono a un títere manejado por los sabios para hacer su voluntad bajo el mandato de otro. Gracias a esto los sabios fueron remplazados y exiliados lejos, hubo ejemplares reformas en el Consejo de ministros y en las influencias de los Reyes, el pueblo abrió los ojos y despertó del odio que todas esas mentiras habían sembrado, hubo avances en las ejecuciones por brujería, dando la oportunidad a los acusados de defenderse e incluso salvarse.

Esta fue para mí una lección de que el humano se enfrenta entre sí olvidando su razón de vida, amarse y respetarse y es que las apariencias no lo son todo y tal vez la interpretación de la locura puede ser la percepción más cercana de la realidad si llegamos al entendimiento mutuo, y es que como dijo un sabio una vez “escuchar y ser escuchado es la base de la convivencia humana y la evolución de nuestra especie, de generación en generación hasta la nuestra’’.

LA SABIDURÍA DE UN LOCO

NIVEL 100

Me presento: soy Lucas, tengo 16 años y siempre me han gustado los videojuegos. Juego desde que tengo conciencia y me encanta llegar a casa y conectarme.

Tengo una vida de adolescente como otro cualquiera; voy al instituto, salgo de fiesta, y bueno, hago lo mismo que todos, al fin y al cabo.

Mario siempre ha sido el que me ha acompañado en mis locuras. Lo conozco desde que tengo 5 años y nunca nos hemos separado.

Él es el que me saca de casa porque sabe que, si no, estaría todo el día jugando, y dice que eso no es bueno para mí.

Todo empieza cuando Mario se va un año a Estados Unidos.

Dejé de salir tanto como lo solía hacer cuando estaba él.

Empecé a engancharme a los videojuegos de tal modo que hasta mi madre desconectaba el Wifi para que no estuviera tanto tiempo conectado; pero me enfadaba de tal manera que lo volvía a conectar.

No sabía qué me estaba pasando, ni en quién me estaba convirtiendo.

Salía a la calle y sentía que todo a mi alrededor era un juego, que la gente era una amenaza para mí.

Recuerdo un día en el que mi madre me mandó a por el pan. Al principio me negué porque quería seguir jugando, pero terminé cediendo.

Salí con una extraña sensación que no sabría explicar.

De repente, y sin yo quererlo, me vi metido en la última partida que estaba jugando antes de que mi madre me llamara. Cerré los ojos para eliminar ese momento que estaba viviendo. Cuando los abrí, volvía a estar en la calle.

Corrí a la panadería antes de que me volviera a pasar. Llegué y pedí la barra de pan. Mientras la cogía, el escenario cambió, el aspecto del panadero cambió y todo a mi alrededor cambió. Miré al frente y estaba el panadero con lo que parecía ser una espada. Mis reflejos me hicieron actuar. Cogí lo que tenía a mi derecha y le di en la cabeza. Entonces todo volvió a la normalidad.

El suelo estaba encharcado de sangre y cuando me dio por mirar hacia otro lado, vi al panadero, con mi barra de pan, tirado en el suelo, muerto.

– Esto no puede ser real, es imposible que le haya matado yo – dije con tono entrecortado.

Salí corriendo de la panadería, sin llamar a nadie, y me fui a casa.

Al día siguiente volví, me quería asegurar de que no estuvieran investigando nada para que no supieran que le maté yo.

Cuando llegué, todo estaba tranquilo, como si nada hubiera pasado. Entonces entré.

Tomás, el panadero, seguía vivo. – ¡Tomás, sigues vivo! – exclamé.

– Hombre Lucas, que te esperabas, tampoco soy tan mayor – me respondió.

Fue raro, pero no le quise dar más vueltas. Me traté de convencer que todo había sido un sueño.

Me levanté a la mañana siguiente, como todos los días para ir al instituto.

Era lunes, una nueva semana comenzaba.

Me vestí, desayuné, y como siempre, me fui andando, pero hoy lo necesitaba, necesitaba despejarme.

En el camino me encontré a Lorena, una chica de mi clase. – Buenos días – me dijo con tono alegre. Yo la miré, pero no la respondí, no tenía ganas de hablar con nadie.

Teníamos inglés a primera hora. Me senté en el pupitre, abrí el libro y la clase comenzó.

La vista se me empezó a nublar.

– Profe, necesito ir al baño – sin dejarla tiempo para responder, me levanté y me dirigí al baño.

Mientras andaba, mis piernas me empezaron a pesar, sentía que no podía seguir hacia delante. Ondas de calor me recorrían el cuerpo. Un olor a humo me atravesó la nariz. Apenas podía ver, pero era suficiente para darme cuenta de que el colegio estaba ardiendo.

Fui a clase a avisar a mis compañeros, pero cuando llegué, ellos ya no estaban. No había nadie en el colegio, estaba yo, solo, con fuego a mi alrededor.

Salí como bien pude, casi sin aliento y con humo en mis pulmones.

Cuando llegué a casa encendí la tele. Un hecho así tenía que aparecer en las noticias, pero por más que buscara, no aparecía.

Minutos después llegó mi madre.

– Lucas, ¿qué haces aquí? – me preguntó.

– Mamá no me vas a creer, pero el colegio se ha incendiado – le respondí.

– Deja de decir tonterías y vuelve a clase – dijo, y así finalizó la conversación.

Cogí mi mochila y me dirigí al colegio.

Cuando llegué todo seguía en orden, no había fuego.

Entré a clase, todos se giraron a mirarme y a cuchichear entre ellos. No sabía qué había ocurrido y por qué todos actuaban normales cuando el colegio había estado en llamas no hará más de 2 horas.

El día lo continué preocupado, sin entender nada de lo que vivía. Entonces me acordé de aquel día en la panadería. Ese recuerdo me hizo pensar que, igual, todo lo que me estaba pasando era cosa de mi cabeza, que nada ocurría en la vida real.

Lo único que quería en ese momento era llegar a casa, tumbarme en la cama y olvidarme de todo. Y eso hice.

Me quedé mirando al techo un rato, con la mente en blanco, sin pensar. No pasó mucho tiempo hasta que me quedé dormido. 

“NIVEL 100 SUPERADO”, eso fue lo último que vi en la pantalla.

– ¿Ya está, así acaba el juego? Pues qué fácil – pensé. 

Cuando miré el reloj me di cuenta de que llegaba tarde. Había quedado con Mario después de un año sin verle. Decidí llevarle a la panadería de Tomás, que era su favorita. Allí compramos dos palmeras de chocolate.

Mientras nos las comíamos, le estuve contando sobre “Aventuras”, que era el videojuego nuevo al que había estado jugando, le conté que cuando llegabas al nivel 100, para superarlo, tenías que enfrentarte a un panadero armado con una espada, y si le derrotabas, a continuación, tenías que escapar de un colegio en llamas. 

– Juegas tanto tiempo a los videojuegos que un día no sabrás si estás jugando o es real – me dijo Mario sonriente mientras nos alejábamos bajo la atenta mirada del panadero.

NIVEL 100

La maldición del hechicero       El Guardián de los tres espejos

Corría una calurosa mañana de Verano, cuando Arcadio un joven de apenas metro ochenta de alto y de apariencia escuálida, se disponía a echar una mano a su padre a ordenar el trastero . 

En lo que apilaba cajas , se encontró una que estaba en muy mal estado , casi destruida a causa de la humedad y el tiempo en el que debió ser olvidada allí . Arcadio se apresuro a abrir la caja ,y justo en el momento en el que estaba abriéndola escucho una voz que le decía : “Acta est fabula” . El pulso de Arcadio se detuvo, como si de un infarto se tratase .Pese a estar paralizado por el miedo y la impotencia, se dispuso a pensar quien podría haber promulgado dichas palabras y de que idioma provenían.

En un primer momento pensó que podría tratarse del simple chirrido de una puerta o del berrido de un animal estremeciendo , así que nuestro protagonista decidió descansar y al día siguiente volver a abrirla para asegurarse de que era ese ruido. 

Pasaron las horas y volvió al lugar con una intención, abrir la caja y descubrir de una vez por todas que era ese sonido que escucho aquel día . Comenzó a desenvolver la caja, cuando de repente una sensación escalofriante le invadió el cuerpo, y otra vez volvió a escuchar lo mismo que el día anterior, pero esta vez en un tono mucho mas elevado, continuó abriéndola sin miedo alguno, y de repente el sonido se paró en seco. La caja contenía únicamente un reloj y un papel, que aunque estaba mojado y la tinta se había corrido , se podía apreciar que tenía escritas unas coordenadas y además lo que parecía una frase que decía: ”Acta est fabula”. Estas palabras retumbaron en la mente de Arcadio y se percató rápidamente que coincidían con lo que escuchó el día anterior.

41,76600º N, 2,43718ºO ,esas eran las coordenadas que contenía aquel papel que se hallaba en la caja .Tras muchas vueltas , Arcadio decidió contarle todo lo que le había pasado a sus padres. Al contarles todo lo sucedido sus padres se quedaron completamente anonadados, sus caras rápidamente cambiaron de color a un blanco más blanco que la propia nieve . Arcadio no podía comprender que estaba sucediendo y porque esa reacción de sus padres, tras mucho insistir, su padre se digno a darle una explicación :

-Mira hijo esa caja lleva allí desde que tu madre y yo compramos esta casa , los anteriores propietarios insistieron mucho en que no la abriésemos porque tiene una maldición –  

-¿Y de que maldición se trata?—exclamó el joven 

-No lo sabemos muy bien , creemos que el reloj es una cuenta regresiva que indica el tiempo que te queda antes de bueno…-

-Bueno que- dijo el hijo

-No lo sabemos a ciencia cierta , lo que sí sabemos es que el único que puede ayudarte en este momento es Juan Ignacio-

-¿Juan Ignacio el antiguo párroco de la iglesia?—

-Si, el es el único que puede ayudarte—

Arcadio sin pensárselo dos veces inicio su camino a la iglesia para hablar con Juan Ignacio un hombre de unos 70 años de edad , con una demencia que le producía enajenaciones hasta el punto en el que llegaba a tener convulsiones y ataques de epilepsia . Arcadio, se percató muy rápidamente de esto, ya que a menudo, cuando intentabas conversar con él no respondía, o decía palabras sin sentido alguno.

Todo parecía indicar que Arcadio se iba a ir de ese lugar sin repuesta, pero contra todo pronóstico ,al sacar el reloj ,la cara del anciano se puso pálida 

-¿De donde has sacado ese reloj?- exclamó el anciano aterrado 

-Estaba en una caja, en el trastero de mi casa- indicó el joven 

-Deprisa ,no tenemos tiempo que perder- añadió el anciano 

El anciano le empezó a contar :”Verás , ese reloj lleva existiendo muchos años, pertenecía a un antiguo hechicero que fue quemado allá por el siglo XVII. Cuenta la leyenda que su amor por los relojes era tal que tenía la casa llena de relojes ,unos de cuerda cuco, otros de torre, un sinfín de ellos. El día de su juicio final juró vengarse. Tras su ejecución, quemaron su casa, y con ellos todos sus vienes, incluido los relojes, salvo uno que es el que posees tu ahora, si te fijas podrás ver que las manecillas del reloj van al revés, ya que no es un reloj que marca las horas, si no que indica el tiempo que te queda antes de ser ejecutado por el hechicero ,como le ejecutaron a él .Con el tiempo el reloj desapareció ,y ahora por desgracia lo has encontrado tú, y por ende también la maldición” .

-Bueno, pero algo se podrá hacer para evitarlo ¿no?- añadió Arcadio 

-Sí, pero te advierto ,no es para nada sencillo –

-Da igual, no tengo otra opción – exclamó Arcadio 

-Bien, entonces deberas ir a donde te marcan las coordenadas –

-¿Los números esos que venían en un papel al lado del reloj? –

-Si esos, y una vez llegues allí deberas quemar en una hoguera el reloj mientras gritas al cielo la siguiente frase “Ego iustus coepi fabula”-

Una vez dicho esto, Arcadio emprendió su viaje hasta las coordenadas que había anotadas en el papel . Tras muchas horas de viaje, llegó a su destino , el Monte e las Animas , situado en Soria a unos 13km de la ciudad . Una vez allí, miró cuanto tiempo le quedaba al reloj para llegar a las 00:00, que es cuando el hechicero vendría a por el.El reloj marcaba la 1 del mediodía , a Arcadio le empezaron a entrar los sudores fríos, pero sabía que no tenía tiempo que perder, ya que le hechicero estaba cada vez más mas cerca.

Primero de todo, tenía que conseguir hacer fuego , es entonces cuando se acordó de que su profesora de física le explicó que podía hacer fuego con dos palos, frotándolos muy rápido, mediante la energía cinética. Tras media hora frotando, consiguió hacer fuego pero le quedaba únicamente media hora, así que se apresuro a coger su mochila para sacar el reloj, lo echo al fuego y grito lo más alto que pudo la frase para romper la maldición.Tras un agonizante minuto, comenzó a observar como el reloj se calcinaba , rompiendo así una maldición que había llevado estando presente hacía más de tres siglos.

LA MALDICIÓN DEL HECHICERO

¡GRACIAS POR LEER Y VOTAR!

De entre todos los participantes en el certamen se HAN SELECCIONADO 20 RELATOS semifinalistas que están 7 días a disposición del público. Los participantes se presentan con pseudónimo.

Las votaciones públicas representarán el 10% de los votos y las votaciones del jurado del certamen el 90% de los votos. el jurado está compuesto por: las escritoras Eva Losada Casanova y Mercedes de la Vega. Las docentes Gloria Pérez y Llarina Pérez Salazar y la ganadora de la VII edición, la joven Raquel Lopez Pacios

 

 

¡Gracias por leer y votar!

El fallo se hará público en  octubre, en nuestra NOCHE POE, en las redes sociales de La plaza de Poe, la Red de Bibliotecas de la Comunidad de Madrid, ACE, IED Madrid y Librería Antonio Machado; así como a través de sus respectivas redes sociales.

GANADOR/A:

 

FINALISTA 1:

FINALISTA 2:

RELATO MÁS VOTADO POR EL PÚBLICO:

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO:

En unos meses presentaremos el LIBRO COLECTIVO «Cuentos  de sabios y locos».

¡Estad atentos!

 

VIDEO PRESENTACIÓN FALLO

 

Seleccionados IV CERTAMEN JOVEN DE RELATO «Cuentos de agua»

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Colaboradores:

3 comentarios en “Votación VIII Certamen joven de relato. «Cuentos de sabios y locos»

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